alberto moreno gámez

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Patriotismo

El patriotismo es un sentimiento humano innato. Es parte de un impulso que nos empuja a formar grupos y alianzas. Vincularnos con otras personas es parte de nuestra naturaleza, y de nuestra historia. Y además, desde hace algunos años, ahora sabemos también que los factores que nos llevan a ser patrióticos tienen bases genéticas y fisiológicas. Sentirnos identificados y pertenecientes a un grupo no solo tiene que ver con un sentimiento agradable de conexión con otras personas. A veces también nos lleva a señalar con claridad aquellos que son diferentes de nosotros. Ya sabéis, tener un enemigo común es un factor que en ocasiones genera más cohesión en un grupo.

Este es uno de los motivos por el que los políticos suelen invocar los sentimientos patrióticos, para demonizar a otro grupo social, dejando claro que no están con nosotros sino contra nosotros. En resumen, el instinto que nos lleva a ser patrióticos puede sacar a relucir la mejor y la peor cara del ser humano.

En los años 70, el psicólogo británico Henri Tajfel desarrolló su teoría de la identidad social, además de muchos otros estudios cognitivos sobre los prejuicios. En uno de sus experimentos más famosos formó dos grupos al azar con estudiantes universitarios. A cada uno de los participantes se les informó que habían logrado ser miembros de un grupo. Los criterios para designar a cada persona eran triviales y arbitrarios. Había de todo tipo: como un grupo de personas con sensibilidad para el arte abstracto, o con capacidad de determinar el número de colores en un dibujo. A los participantes no se les dijo que se habían convertido en miembros de estos grupos por puro reparto al azar.

A pesar de que los participantes de un grupo conocían de antemano a muchos de los que habían sido asignados a otros grupos, e incluso sin haber tenido contacto con los miembros de su propio grupo, actuaron protegiendo los intereses del suyo. En diferentes tareas que les presentaron, elegían opciones que discriminaban a los otros grupos y beneficiaban al suyo, en el que acababan de ingresar como miembros solo unos minutos antes. Actuaron de esta forma incluso aunque no obtuvieran ningún beneficio personal.

Tajfel llamó al grupo con el que los participantes se identificaron como el “ingroup”, el grupo de los míos, y el “outgroup” o grupo de los otros. Estos términos se convirtieron en la referencia en psicología y posteriormente en las investigaciones neurocientíficas y genéticas.

Para los que investigan el fenómeno del patriotismo y por qué tiene tanto poder en las campañas electorales, una de las claves es que el grupo con el que nos identificamos funciona como una guía o brújula acerca de quienes somos y a dónde pertenecemos. De la misma forma que con el lenguaje y las palabras categorizamos lo que nos rodea, lo estructuramos y lo definimos, nuestro grupo social nos sitúa en el mundo, en cual es nuestro lugar y categoría. Y una vez que nos sentimos identificados y pertenecientes a un grupo, parece que nos esforzamos por mejorar el estatus de nuestro grupo, como forma lógica de mejorar también nuestro estatus, en parte también alimentando la idea de que los míos son mejores que los de los otros grupos.

Jay Van Bavel es uno de los primeros científicos que combinó estudios sobre identidad social y pruebas de neuroimagen, ya sabéis, para entender qué ocurre en el cerebro cuando se activan estos fenómenos. Para él, el patriotismo es una forma de identidad, y quiso demostrar que la identificación grupal se activa de manera inmediata y que comienza desde que nacemos. En una de sus investigaciones, Bavel asignó a cada sujeto experimental a uno de los dos grupos que diseñó para el experimento, de una manera muy parecida a la metodología empleada por Tajfel. Estando los participantes dentro del escáner de resonancia magnética, se les mostraban imágenes de miembros de su grupo y miembros de otro grupo. Al ver imágenes de los suyos, los sujetos mostraron más activación de la amígdala, una de las áreas cerebrales más primitivas relacionada con las emociones. Al ver a miembros del otro grupo la activación era mucho menor. Y al igual que en el experimento de Tajfel, esto ocurría incluso aunque la formación de los grupos se hubiera realizado unos minutos antes y usando criterios arbitrarios. Van Bavel también encontró que al ver las caras de los miembros del grupo se activaban zonas del cerebro del córtex frontal y el córtex visual relacionadas con la identificación de rostros y con valoraciones morales. Llegó a concluir que con sólo mostrar una cara a un participante el escáner cerebral detecta el patrón de activación cerebral por lo que te predice con exactitud si tienes delante a uno de los tuyos o no.

En definitiva, los que pertenecen a nuestro grupo social son valorados de forma más positiva, y esto incluye todos los símbolos asociados al grupo, como banderas o himnos. Van Bavel no se quedó ahi, también observó que los centros de recompensa del cerebro se activan cuando algún miembro de nuestro grupo obtiene algún tipo de premio o beneficio, a pesar de que no suponga ninguna recompensa directa para el que observa. Hay una delgada línea que separa el grupo y el individuo. ¿Os suena eso de celebrar con emoción la victoria de tu equipo como si fueras tú el que está jugando y se va a llevar la prima y la medalla? Pongamos al caso el ejemplo de la selección de fútbol española, tenistas como Rafa Nadal, ciclistas como Indurain, etc. Sus victorias son nuestras porque nos sentimos pertenecientes al mismo grupo o, en este caso, país. Son de los nuestros. 

Otra psicóloga que estudió este fenómeno es Stephanie Preston, que explica cómo mostramos más empatía y tendencia a copiar a otros miembros del propio grupo. Todos los procesos relacionados con las neuronas espejo, que nos permiten sentir emociones mimetizando a otros, son realmente potentes cuando tenemos delante a alguien con quien nos sentimos identificados o es parte de nuestro grupo social. Y en el sentido contrario, con personas por ejemplo de otras nacionalidades o razas, tenemos más dificultad para conectar emocionalmente, algo que genera lo que llaman el “empathy gap”, que se podría traducir como una distancia empática. Muchos autores relacionan en gran parte la xenofobia con este fenómeno perceptivo y emocional. Algo que a mi me encaja especialmente con una experiencia que muchos han vivido: esto de que al conocer y compartir vivencias con personas muy diferentes o de otros países, los juicios previos y la distancia emocional se diluyen en gran medida, para sentirse perteneciente a un grupo más amplio que tu propio país. 

Más psicólogas, Mina Cikara, que dirige el Laboratorio de Neurociencia de Harvard, y que por cierto tiene una charla Tedx muy interesante, al igual que Jay Van Bavel del que os hablé antes. En las notas tenéis los enlaces por si tenéis tiempo libre. Pues Cikara plantea una distinción entre patriotismo y nacionalismo. El patriotismo sería el “nosotros somos geniales”, mientras que el nacionalismo sería “nosotros somos mejores que los demás”. El primero gira en torno al orgullo de grupo, mientras que el segundo está más dirigido a la superioridad que tenemos sobre los otros. En sus estudios además ha encontrado que el patriotismo se puede convertir en nacionalismo si se empiezan a percibir los otros grupos como amenazantes o peligrosos. Cikara también monitorizó los patrones de activación cerebral para observar cómo no sólo se activan las áreas de recompensa que nos producen satisfacción cuando a nuestro grupo le va bien, sino también cuando le va mal al grupo al que no pertenecemos y que vemos como amenazante. En esta percepción de competición, muchas personas disfrutan de las desgracias que le suceden a un país que sienten como enemigo, ya sea en la actualidad o históricamente, aquí en España para mucha gente este es un sentimiento habitual hacía los franceses o los ingleses por ejemplo. Digamos que hay países más rivales que otros, y prestamos atención a sus desgracias por verlas como beneficiosas para nosotros en esa competición de grupo. Podemos pensar en muchos ejemplos más a los que esto sería aplicable: el equipo rival, Barca-Madrid por ejemplo, o rivalidades entre ciudades o pueblos vecinos. Y de hecho, en términos históricos, estos comportamientos de protección y pertenencia al grupo y de amenaza y odio a los otros, han ido moldeando y enraizando culturalmente actos criminales como el terrorismo.

En un divertido experimento, Gary Lewis, del departamento de psicología de York, en Londres, planteaba lo siguiente: Formaba dos grupos de sujetos experimentales en el laboratorio y se les daba dinero que tenían que emplear eligiendo alguna de las opciones que le ofrecían: Podían quedárselo para ellos o invertirlo en un fondo común de su grupo. Pusieran la cantidad que pusieran, esta se vería multiplicada y luego se repartiría entre los miembros del grupo. Esta opción deja al sujeto experimental con menos dinero pero enriquece en global al grupo. Aunque los participantes no tenían que temer por el juicio de los demás ante su elección porque esta era secreta, Lewis y su equipo encontraron que la mayoría invirtieron todo o casi todo en el fondo común. En esta condición estaban evaluando la capacidad de sacrificio hacía el propio grupo al que perteneces. Pero en otra condición para medir comportamiento hacía grupos rivales, les plantearon a otros participantes las mismas dos opciones más una tercera adicional. Podían invertir dinero en un fondo del otro grupo, y este se vería multiplicado y luego restado del fondo común de ese grupo. Vamos, es una forma de beneficiar a tu grupo castigando o perjudicando al otro. En las situaciones experimentales y para que no perdáis del todo la fe en el ser humano, os digo que sólo una minoría priorizaron esto de perjudicar al otro grupo, parece que por defecto y en circunstancias normales, estamos más orientados a aquello de “vive y deja vivir”.

Hay un par de ideas más que quiero contaros. Una es acerca del constructo psicológico llamado apertura mental, referido al deseo y capacidad de explorar cosas nuevas, conocer lugares, personas, y tener nuevas experiencias. Parece que hay una correlación negativa con los sentimientos patrióticos, es decir cuanto más identificado y perteneciente te sientas a tu grupo, cuanto más orientado estes hacia los tuyos, menos abierto estarás a interaccionar con otros o a vivir nuevas experiencias. 

Y por último, otro fenómeno que ha sido encontrado en muchos estudios es que la desorientación existencial y moral, aumenta las posibilidades de adherirnos no sólo a una identidad de nación, sino a una religión o un grupo con el que te puedas sentir identificado, guiado y protegido. Es parte del mecanismo de las sectas o cualquier tipo de corriente de pensamiento sectaria. La ideología de grupo nos ayuda a encontrarnos y sentirnos seguros, es como que hay algo que esta por encima del individuo, que lo trasciende, y que puede dar sentido a la vida.

Para acabar os diré a los que no os sintáis muy identificados con todos estos fenómenos de los que os hablo hoy, que parece haber otra subespecie de seres humanos. A pesar de lo protector que puede ser el grupo, hay personas que muestran un claro desapego hacía su país, o hacía cualquier tipo de identidad grupal y colectiva. Y si bien esta decepción puede llevar a buscar otro grupo con el que identificarse, se ha encontrado que aquellos que han logrado mayor éxito como individuos, son menos dependientes del grupo, y se vuelven en cierto sentido más individualistas y descreídos. 

Notas

Henri Tajfel y su teoría de la identidad social. Jay Van Bavel en una charla Tedx hablando sobre la identidad de grupo. Stephanie Preston y uno de sus trabajos sobre empatía. Mina Cikara y su charla Tedx hablando sobre cooperación de grupos. Gary Lewis y uno de sus trabajos sobre nacionalismos.