Sistemas cognitivos

Es muy habitual encontrar situaciones en las que sentimos que tenemos que luchar contra nosotros mismos, para levantarnos por la mañana, dejar de comer algo, mordernos la lengua o mantener la calma. Si se piensa bien, parece que estuviéramos divididos en dos, diríamos que es como si el cuerpo nos pide hacer algo, y la mente otra diferente. Es como si hubiera una parte de nosotros que actúa por su cuenta, de manera autónoma a nuestras intenciones, incluso a nuestros principios y creencias. También podemos ver esa parte autónoma o automática funcionando a diario cuando vamos andando por la calle o conduciendo el coche por ejemplo. No solemos monitorizar ni fijarnos en estas acciones de forma consciente. Es un proceso automático. Nuestro cuerpo sabe hacer muchas cosas sin necesidad de que estemos prestando atención. Actualmente hay un amplio acuerdo en definir dos sistemas diferentes que guían nuestras acciones, pensamientos y emociones. Y estos dos sistemas tienen características muy diferentes, por no decir que son opuestos.

El sistema 1 es rápido, automático, no requiere esfuerzo y es principalmente inconsciente, lo solemos relacionar más con el cuerpo, con los impulsos. A este sistema 1 se le llama Sistema Cognitivo Caliente. En cambio, el sistema 2 se activa más lentamente, es deliberado y consciente, requiere nuestro esfuerzo e intención, y tiene que ver más con la reflexión y la razón. Lo llamamos Sistema Cognitivo Frío. Y ambos sistemas son necesarios, el Sistema Caliente es más difícil de cambiar porque esta relacionado con lo que evolutivamente nos ha proporcionado mayores probabilidades de supervivencia, y por eso sus circuitos son más inmediatos, impulsivos y emocionales. Cuando encontrar alimento era un desafío diario, junto con otros peligros, como huir de otros depredadores, este sistema era la diferencia entre la vida y la muerte. Y ya sabéis que los impulsos más fuertes que existen son los relacionados con la supervivencia o procrear para perpetuar la especie y nuestros genes. No es un proceso reflexivo ni consciente por nuestra parte, la evolución ha moldeado estas acciones inmediatas, están grabadas a fuego lento.

Por otra parte nos gusta pensar que el Sistema Cognitivo Frio es el que nos define, el que nos aleja de nuestra parte más primitiva o lo que algunos ven como salvajismo. Hasta tal punto que a veces negamos la existencia de esos impulsos más primitivos, pretendiendo que ya no tienen influencia en nuestras vidas. El Sistema Frío está más orientado al largo plazo, está más pendiente de las consecuencias en el tiempo de los impulsos típicos del Sistema Caliente. Cuando nos cebamos con una tarta, pasándonos de la raya, el que manda es el Sistema Caliente, que piensa en el corto plazo y en aprovechar un alimento con azúcar, algo escaso que había que aprovechar en la época en la que eramos cazadores-recolectores. Esta conducta hoy en día puede ser claramente un problema y llevarnos a engordar y empeorar nuestra salud, pero el momento en el que se fijó ese impulso en nuestros circuitos emocionales, tenía sentido e incluso aumentaba nuestras posibilidades de supervivencia. Nuestro Sistema Frío, más consciente y centrado en el largo plazo, lucha por controlar estos instintos del Sistema Caliente. Y sobre todo, es capaz de integrar nueva información para tomar mejores decisiones y cambiar nuestras prioridades. En el ejemplo de la tarta, darnos cuenta de que estamos comiendo más de la cuenta, calcular las consecuencias para finalmente regular y controlar nuestra conducta.

Así que el Sistema Caliente es muy anterior evolutivamente además de ser más rígido y difícil de cambiar, mientras que el Sistema Frio es más reciente y flexible, con más capacidad para adaptarse a nuevas circunstancias. Y como decía antes, tendemos a identificarnos con el Sistema Frío porque es donde se asienta nuestra consciencia de nosotros mismos, nuestra identidad, lo que nos contamos de quienes somos y qué nos describe. Queremos pensar que siempre somos seres civilizados y que no nos regimos por los instintos. Pero debajo de esta identidad hay otra muy poderosa a la que no tenemos acceso directo, y nos permite sobrevivir en situaciones en las que tenemos que reaccionar de manera inmediata, sin tiempo para la reflexión, aunque también nos juegue malas pasadas, como el ejemplo de la tarta que ponía antes. Hasta aquí creo que todo os sonará bastante familiar. No voy a adentrarme en las preguntas que a algunos ya os surgirán, acerca de cómo controlar estos dos sistemas aunque solo sea para sufrir lo menos posible, tomar mejores decisiones y conseguir la felicidad que todos deseamos.

Sí os diré que en mi trabajo como terapeuta una de las técnicas empleadas para ayudar a la gente a mejorar sus vidas es identificar estos procesos automáticos calientes para desactivarlos si no son útiles o al menos que puedan tener más control sobre ellos. La ansiedad o el estrés puede ser otro buen ejemplo de mecanismo adaptativo que en ocasiones puntuales nos puede ayudar a enfrentarnos a un peligro, pero que si se mantiene en el tiempo nos destroza por dentro y por fuera, se acaba convirtiendo en estrés crónico y nos lleva a enfermar.

Cambiando de tercio pero siguiendo en el tema, os cuento ahora sobre otras implicaciones de los procesos automáticos frente a los deliberados, del Sistema Caliente frente al Frio. Hay una conocida tarea experimental en psicología básica llamada efecto stroop que muestra muy bien otro tipo de interferencia entre los dos sistemas. Cuando hice mi doctorado en el año 99 recuerdo que en más de una ocasión realizamos experimentos en el laboratorio donde poníamos a prueba las interferencias lingüísticas que provocaba el Sistema Caliente sobre el Frio. 

La idea es muy simple: al sujeto se le presenta un listado de palabras y lo único que tienen que hacer es nombrar el color en el que está escrita cada palabra. La dificultad viene porque las palabras que están escritas son nombres de colores. Ahora imaginaros la palabra azul escrita en color amarillo, o la palabra rojo escrita en color verde. Los resultados de estas pruebas mostraban una interferencia potente que hacía que los sujetos tardaran más en decir el color en el que estaban escritas si no había coincidencia con la palabra. Lo que está ocurriendo es que el reconocimiento de colores no es en realidad un proceso automático, mientras que la lectura sí. Es fácil hacer la prueba: poned delante de vuestros ojos un texto y veréis que es imposible sólo ver las palabras sin que vuestro cerebro las lea. La lectura se convierte en parte de nuestro sistema caliente, y ocurre de forma automática sin necesidad de prestar atención controlada.

Efecto Stroop

Efecto Stroop

Y ahora nos podemos preguntar, bueno la lectura es un fenómeno producto del aprendizaje, no es un impulso natural relacionado con la supervivencia, ¿cómo es posible que esté insertado en algo como el sistema caliente, sea tan automática, y produzca este tipo de interferencias? Pues parece que este es el mecanismo que hay detrás de los procesos de maestría o dominio de alguna disciplina o habilidad física o mental. En un primer momento aprender algo requiere intención, esfuerzo, y atención deliberada, el Sistema Frio. Cuando mediante la práctica acabamos automatizando un aprendizaje como para que surja sin esfuerzo de forma natural y automática, y se convierte en parte de nuestro Sistema Caliente, hemos conseguido la maestría o el dominio de esa habilidad.

Hay un concepto chino llamado Wu Wei que proviene de la filosofía taoísta que refleja muy bien todo esto. Wu Wei se puede traducir como “no actuar”, aunque eso no significa “no hacer nada”. La idea es conseguir esa reacción genuina, sin esfuerzo, espontánea, y automatizada. Para el Tao Te King un aprendizaje concluye cuando no se requiere esfuerzo deliberado para hacer la tarea para la que se estaba entrenando. Todos hemos experimentado esa sensación en aquello que sabemos hacer bien o dominamos, la sensación de facilidad y naturalidad al hacer algo. Todo esto está muy relacionado con el fenómeno del Flow, Fluir, del que ya os conté en otro artículo. El objetivo del Wu Wei es que los dos Sistemas Cognitivos funcionen en perfecta armonía, integrados como uno, para resultar en una especie de espontaneidad inteligente perfectamente calibrada con el entorno que nos rodea.

Aunque por un momento todo esto os parezca literatura espiritual, tengo que deciros que estamos empezando a conocer las áreas cerebrales implicadas en estos dos sistemas. Las pruebas de neuroimagen de nuevo nos dan pistas. El cortex del cíngulo anterior es como un detector de humos, mientras que el cortex prefrontal lateral es como el equipo antincedios. Juntas forman las regiones de control cognitivo del cerebro. El primero está permanentemente monitorizando cualquier cosa que suene a conflicto cognitivo, como el que ocurre con la interferencia del efecto stroop. El cortex del cíngulo manda la señal de alerta, y el cortex prefrontal interviene para regular los dos sistemas que han entrado en conflicto. Y lo que hace básicamente es decirle a los sistemas automáticos (como la lectura o el impulso de comer la tarta) que dejen de molestar porque están interfiriendo con lo que dicta el Sistema Cognitivo Frio, más racional, reflexivo y analítico. Esto explica por qué en algunas ocasiones nos quedamos parados sin saber como actuar, mientras nuestros sistemas resuelven el conflicto, algo que nos ralentiza en el efecto stroop, nos hace actuar de manera errática en el momento tarta, tal vez dejándola tras el primer bocado en el que nos damos cuenta que ni tenemos hambre ni deberíamos comernos otro trozo más. En casos más extremos nos podemos encontrar con la peor reacción a una situación de peligro real, que es el bloqueo y la parálisis, en vez de otras reacciones que suelen garantizar más la supervivencia, como la lucha o la huida.

Lo interesante en mi opinión acerca de todo esto que os cuento es que entendiendo nuestro funcionamiento podemos tener más conocimiento sobre los mecanismos que rigen nuestra conducta y evitar así hacer juicios precipitados en los que nos separemos de nuestra parte más emocional, infravalorándola o denostándola como primitiva. Nuestros impulsos y sistemas más automáticos son más que necesarios en ocasiones y tienen un sentido evolutivo que nos sigue garantizando en ocasiones la supervivencia.
NOTAS

Si quieres leer algo más sobre Taoismo, visita esta web. Para quien tenga curiosidad sobre el efecto Stroop. Sobre maestría y el Wu Wei chino.

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Ingeniería inversa del cerebro

Desde hace unos 6 años, cientos de neurocientíficos de todo tipo, junto con matemáticos e informáticos están intentando desmontar mediante ingeniería inversa el cerebro humano, con el fin de poder comprender todo su funcionamiento, neurona a neurona, para poder construir uno desde cero o simularlo por ordenador. En 2019, ya no es pura especulación hablar de la idea de crear un cerebro, en gran parte gracias a los avances de la robótica, la nanotecnología, la automatización y los adelantos de la neurociencia de la que tanto os hablo en este blog.

La tarea sé que suena a ciencia ficción o al menos a futuro lejano. Pero hay mucho en juego, seguramente sería el mayor logro de la humanidad bajo mi punto de vista. No solo se podrían encontrar nuevas curas y terapias para las enfermedades mentales, también podríamos por fin saber algo más acerca de la conciencia y tal vez descargarla en un ordenador, como hemos visto en tantas películas de ciencia ficción.

Para que os hagáis una idea de la complejidad de la tarea, os diré que se calcula que el cerebro humano consta de más de cien mil millones de neuronas, más o menos la misma cantidad de estrellas que hay en la Vía Láctea. Y cada neurona está conectada a otras diez mil, de manera que en total existen unos diez mil billones de conexiones posibles (y no hemos empezado a contar las rutas, que sería algo así como el trayecto que sigue una señal). Y no son sólo las conexiones entre neuronas, el producto de muchas de esas conexiones, es decir, el número de «pensamientos» que un cerebro humano puede concebir es verdaderamente incalculable hoy en día.

Construir un cerebro es la nueva carrera espacial, aunque en esta ocasión, entre americanos y europeos. Voy a intentar explicaros los dos principales proyectos que arrancaron en 2013, el Proyecto BRAIN en Estados Unidos, y el Proyecto Cerebro Humano en Europa. Aunque como os decía al empezar, ahora mismo son sólo unos cientos de científicos, al ritmo al que avanzan los proyectos y por los fondos que se están destinando, seguramente dentro de unos años hablaremos de todo un ejército de investigadores trabajando en cada continente.

Y volvemos al tema de la ingeniería inversa. Siendo el cerebro tan complejo, existen por lo menos tres maneras diferentes de desmontarlo neurona a neurona. La primera es simular electrónicamente el cerebro con superordenadores, que es el enfoque adoptado por los europeos. La segunda es elaborar un mapa de las rutas nerviosas de los cerebros vivos, neurona a neurona, o según su función y actividad, como hace BRAIN en Estados Unidos. Hay una tercera vía de la que también os hablaré. Se trata de descifrar los genes que controlan el desarrollo del cerebro, y este es el enfoque elegido por el multimillonario Paul Allen, el que fue fundador junto con Bill Gates de Microsoft.

Me imagino que a muchos de vosotros no os sorprenderá que investigar nuestro cerebro sea central para la ciencia, aunque tal vez algunos tengáis reparos cuando os hable de la cantidad de millones que se está destinando a esta tarea. Hay varios motivos para justificar estos proyectos tan caros. El más obvio es que necesitamos comprender el cerebro humano para seguir avanzando e incluso sobreviviendo como sociedad. Otro motivo es que no podemos seguir experimentando con animales eternamente, cada vez hay más cuestiones éticas que plantearse en este tema. Y para mí el motivo más importante es que la cifra de personas afectadas por trastornos mentales ya llega a los dos mil millones en todo el planeta. Considerando que en las próximas décadas se prevé que los gobiernos destinen un 20% de sus presupuestos a las facturas ocasionadas por enfermedades como el alzheimer, el párkinson, las demencias, el trastorno bipolar o la esquizofrenia; el coste de estas investigaciones es ridículo en comparación. Aunque parezca increíble, el 2019 no hay una sola enfermedad neurológica de la que alguien sepa qué está funcionando mal en el circuito: qué ruta, qué sinapsis, qué neurona, qué receptor.

Vamos a empezar con el planteamiento que hacen los americanos para solucionar este problema: El proyecto BRAIN parte de una idea sencilla: necesitamos conocer las rutas y conexiones de las millones de neuronas que hay en el cerebro. Ya tenemos instrumentos de precisión para monitorizar la actividad eléctrica de neuronas individuales. También contamos con aparatos de resonancia magnética para seguir el comportamiento global del cerebro. Me habéis oido hablar mucho de esta herramienta. Lo que nos falta es saber con precisión cómo se conectan y comunican las neuronas entre sí. Y para solucionar este problema, ya han diseñado un programa a 15 años vista, empezando con tareas a muy “pequeña escala”. Empezaron en 2013 por reconstruir la actividad eléctrica de partes importantes del cerebro de animales, como la médula de la mosca de la fruta, o las células de la retina de un ratón (que cuenta con cincuenta mil neuronas). En 10 años tienen el objetivo de desgranar por completo el cerebro de la mosca de la fruta (150.000 neuronas) en incluso plantear registrar el millón de neuronas que tiene la corteza cerebral de una musaraña, que es el mamífero más pequeño conocido. En 15 años planean ser capaces de registrar por ingeniería inversa la neocorteza de un ratón o el cerebro completo del pez cebra. En estos dos casos ya hablamos de millones de neuronas. De aquí se daría el salto a la obtención de imágenes de cerebros de primates. En fin, es un poco desalentador ver en qué punto estamos todavía, lo sé.

El enfoque del proyecto BRAIN esta centrado, en definitiva, en tener un verdadero mapa preciso de todas las neuronas del cerebro y las rutas establecidas entre ellas. La tarea es tan compleja que os cuento mejor un ejemplo para que os hagáis una idea. El doctor Gerry Rubin, del Instituto Médico Howard Hughes, y uno de los pioneros del Proyecto Brain, ha estado años rebanando el cerebro de una mosca de la fruta, que mide solo 300 micras de diámetro, o sea ni medio milimetro. Se van haciendo cortes como si fueran rebanadas, pero tan finas que ni se ven a simple vista, lo tienen que fotografiar con un microscopio electrónico, y dejar que un superordenador haga el trabajo de reconstruir el cableado, neurona a neurona. Al ritmo que van actualmente calculan que necesitarán 20 años más. Es cierto que conforme consigan automatizar el proceso de cortes y fotografiado con mejores microscopios, el tiempo podrá ser menor. Otro dato impresionante, ahora mismo están almacenando en datos el equivalente a 1000 discos duros de 1 Tera, y esto es a diario, y sólo con la mosca de la fruta. Es más, como no todas las moscas son iguales, tendrán que escanear cientos de cerebros para lograr una aproximación precisa.

Vamos con el Proyecto Cerebro Humano de Europa. El plan inicial fue emplear 10 años utilizando superordenadores para simular el funcionamiento de cerebros de animales, empezando por ratones y progresando hasta seres humanos. En lugar de trabajar con neuronas individuales, el Proyecto Cerebro Humano utiliza  los conocidos unos y ceros de los transistores de los procesadores, para crear un cerebro exactamente igual que el humano pero en formato digital.

El Proyecto europeo ya ha recibido varios miles de millones de euros de financiación, y la persona que lo dirige es Henry Markram, que junto con su equipo llevan ya en realidad más de 20 años registrando el cableado neuronal del cerebro. Empezaron utilizando el Blue Gene de IBM, que fue uno de los superordenadores más rápidos del mundo cuando lo crearon en 2005. Pero no se han quedado desactualizados, ahora mismo están utilizando una red conectada en 4 países, Alemania, Suiza, Italia y España, y para que os hagáis una idea la capacidad de cálculo de esta red equivale a 350.000 ordenadores de los que tenemos en casa cualquiera de nosotros.

Markram ya dijo en una charla TED en 2009 que estarían manejando simulaciones informáticas que empezarán a alcanzar la capacidad del cerebro humano para 2020. Pero pecó de exceso de optimismo, están todavía en simular pequeños mamíferos. Además, aún parece que queda tiempo para poder simular con realismo el comportamiento por ejemplo de un gato o un perro. No se trata de reflejar las neuronas que hay en el cerebro y cómo se activan, sino sobre todo de reproducir la manera en que están conectadas las regiones del cerebro. Y están centrados primero en reproducir el funcionamiento de la corteza en conexión con otras regiones como el tálamo, pero el sistema aún no tiene un cuerpo físico robotizado, así que faltan todas las complejas interacciones entre el cerebro y el entorno. Sin lóbulo parietal, sería como una hoja en blanco sin sensaciones, sin lóbulo temporal, no podrá interaccionar, sin sistema límbico, no podrá tener emociones. En fin, mi intención, no es ridiculizar estos proyectos pero sí que seamos conscientes del punto en el que estamos todavía.

Y vamos con la tercera manera de abordar el dilema de la creación de un cerebro humano, subvencionada por Paul Allen, que ha acabado siendo otro filántropo, igual que Bill Gates, y que ya ha puesto más de 100 millones de euros para su financiación. Desgraciadamente falleció el año pasado por culpa del cáncer y no sabemos en qué situación deja todas las investigaciones que se han realizado. En lugar de analizar el cerebro por medio de simulaciones informáticas o de identificar todas las rutas nerviosas, el llamado Proyecto Atlas del cerebro humano comenzó con el reto de crear un mapa del cerebro identificando los genes responsables de su formación. Es otra idea superambiciosa, crear un mapa tridimensional del cerebro humano, anatómica y genéticamente completo. Os dejo en los enlaces las webs de los tres proyectos para quien quiera curiosear más.

Si nos paramos a pensar en las implicaciones de todas estas iniciativas, yo al menos saco algunas conclusiones. En primer lugar, quedan décadas hasta que ninguno de estos proyectos llegué a completarse, aunque puede que en unos años ya haya resultados prácticos de las investigaciones, me refiero a tener pistas más claras de qué ocurre en ciertas enfermedades mentales para poder desarrollar otros tratamientos que no sean farmacológicos. Otro de los efectos de estos proyectos es que nos encontremos con una cantidad de datos por analizar inmensa, y que no sepamos muy bien qué hacer con ellos. Los ordenadores no hacen el trabajo solos, sigue siendo necesario que los neurocientíficos den instrucciones a los superordenadores para saber qué hacer con ellos. Y no, no creo que todo lo vaya a solucionar el tan de moda machine learning o aprendizaje automático. Tenemos un gran ejemplo en este sentido, el Proyecto Genoma Humano, que se completó en 2016 nos ha dado una especie de manual con miles de genes, pero sin las instrucciones de qué hace cada gen. Ha sido un primer paso impresionante pero quedan años por delante para entenderlo.

A pesar de las limitaciones actuales, tanto la idea de crear mapas por ingeniería inversa como la simulación por ordenador, me parecen ideas simples y prácticas que van a ayudar mucho a que avance también el campo de la inteligencia artificial que ahora esta muy de moda en relacióna los smartphones pero que es otro campo que en realidad también está empezando.

NOTAS:

Proyecto BRAIN americano y el doctor Gerry Rubin. El Proyecto Cerebro Humano en Europa y Henry Markram como uno de sus destacados, y aquí su charla TED de 2009. El Mapa Allen del cerebro, financiado por Paul Allen

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Impaciencia

Voy a empezar por el principio, o bueno en realidad en el orden en el que he decidido que os voy a contar otra nueva historia entre estudios, investigadores y sus teorías.

En la Universidad de Hawai, el psicólogo Leon James desarrolló una escala que me pareció muy curiosa cuando empecé a documentarme sobre la impaciencia. El nombre es “Escala del síndrome del peatón agresivo”. La idea es evaluar nuestro nivel de enfado y agresividad cuando nos encontramos a alguien por la calle que nos entorpece el paso. Me imagino que todos os habréis visto en la típica situación de ir con prisas a algún sitio, tener que atravesar una multitud de gente en la calle y como consecuencia desesperaros, e incluso actuar de una forma poco educada, o lanzando unos cuantos “disculpa” un poco más subidos de tono. Pues bien, esto tiene que ver con lo que en psicología se llama “Enfado por lentitud”, que es un fenómeno que no se limita sólo a los momentos en los que caminamos rápido por la calle, sino a cualquier otro tipo de lentitud en nuestro entorno que nos genera rabia y frustración: internet que va muy lento, colas que no se mueven en el supermercado, tráfico muy despacio, etc.

La paciencia es una virtud que parece haber desaparecido en la era de twitter y de instagram. Lo que ahora nos desespera seguramente sería visto como supereficiente para nuestros bisabuelos. Sin irnos tan lejos, en 2006 nos parecía lenta una página web que tardaba más de 5 segundos en cargar, en 2009 ya eran 2 segundos, y en 2019 nos molesta que una web no cargue instantáneamente.

Vamos a acudir de nuevo a la psicología evolucionista para encontrar explicaciones sobre nuestra impaciencia actual. Tenemos una especie de reloj interno, diferente al reloj biológico y los ritmos circadianos que muchos conocéis. Este reloj interno se encarga de indicarnos cuándo hemos empleado demasiado tiempo esperando algo y es el momento de movernos o ir a otra cosa. Durante cientos de miles de años, esta señal de impaciencia indicaba al homosapiens que era momento de abandonar una presa a la que se perseguía sin éxito, o dejar de intentar pescar en una zona después de varias horas. Así que la impaciencia actúa como una alarma en nuestro reloj interno que nos indica que estamos siendo improductivos.

Marc Wittmann es un psicólogo alemán que ha dedicado años a estudiar cómo percibimos el paso del tiempo, y coincide en que la impaciencia es una herencia evolutiva que nos aseguraba en mayor medida la supervivencia al no malgastar más tiempo de la cuenta en alguna actividad que no nos produce ningún tipo de recompensa o refuerzo. Forma parte de nuestro impulso a actuar y no esperar eternamente. Por supuesto que si una página web tarda unos cuantos segundos más en cargar, nuestra supervivencia no está en juego, pero como más de una vez os he contado, nuestro comportamiento esta tan moldeado por la evolución que reaccionamos de la misma manera que si nos enfrentáramos a una situación de hambre, en donde la impaciencia sería clave para activarnos y hacer algo diferente para encontrar comida.

Entonces este reloj interno que nos indica cuándo persistir en algo y cuándo abandonar funciona con una especie de equilibrio que nos garantiza en mayor medida la supervivencia. Y la velocidad a la que vivimos hoy día ha hecho que se desajuste este reloj interno. Nuestra altas expectativas sobre todo lo que tiene que ocurrir en nuestras vidas, el nivel de realización, satisfacción, entretenimiento que esperamos hace que no encontremos casi nunca suficiente recompensa, o no lo suficientemente rápido. Cuando algo ocurre con más lentitud de la que esperamos, nos desesperamos, reaccionando con un enfado y frustración en muchas ocasiones desproporcionado al verdadero retraso que ha ocurrido. Wittmann es de los que afirma que todos estos cambios nos están convirtiendo en una sociedad más impulsiva y permanentemente insatisfecha.

James Moore es un neurocientífico de la Universidad de Londres que ha estudiado la relación entre el tiempo y las emociones. Plantea que cuando decidimos hacer algo tenemos unas expectativas sobre cuánto tiempo nos va a llevar realizarlo. Así que la frustración y el enfado vienen cuando no se cumple lo que esperábamos. Y en otro estudio que llevó a cabo el psicólogo Robert Levine y su equipo en los años 90 pretendían ofrecer más medidas acerca de cómo evoluciona nuestro ritmo de vida. Se centraron en cronometrar a personas elegidas al azar en la calle para ver el tiempo que empleaban en recorrer andando 20 metros. Y lo hicieron en más de 30 ciudades en todo el mundo. Por daros algunos datos, en lugares como Alemania y Japón la media fue de 12 segundos, en Grecia y Costa Rica de 13 segundos, y en Brasil y Siria de 16 segundos. Aparte de las diferencias entre ciudades que parece estar relacionado con factores culturales, es interesante señalar que 10 años después volvieron a tomar las mismas medidas y la velocidad había aumentado un 10% en prácticamente todos los lugares. No he encontrado nuevas revisiones pero me temo que ya estaremos cerca de las marcas del gepardo en libertad. Me detengo un poco más en Robert Levine, que por cierto falleció con 74 años el pasado mes de agosto, por un artículo que escribió en 2013 que me ha impresionado bastante. En realidad es un informe que envió a Naciones Unidas llamado “Uso del tiempo, felicidad e implicaciones en políticas sociales” en el que hace un repaso muy lúcido a los problemas que genera el estilo de vida al que parece que se encaminan todas las sociedades económicamente desarrolladas. Son sólo 12 páginas en inglés, fáciles de leer y que os darán mucho que pensar. Tenéis por supuesto el enlace al artículo en las notas.

Avanzo un poco para daros más argumentos sobre por qué nuestro ritmo de vida acelerado está perjudicando nuestra capacidad para ser personas pacientes. Esta frustración y enfado, lo que yo llamaría la antipaciencia, tiene además el efecto de sabotear nuestro reloj interno, además de distorsionar nuestra percepción temporal. Todos hemos experimentado y sabemos lo relativo que puede ser la percepción del tiempo. Nuestra experiencia es tan subjetiva que hay situaciones que parecen alargarse eternamente en el tiempo y otros momentos que pasan en un suspiro. Las emociones intensas son las que más afectan a esta percepción. Si sentimos ansiedad y miedo por ejemplo a hablar en público y es nuestro turno, los segundos se alargan y estiran como si fueran minutos. En situaciones intensas en las que nuestra vida peligra, como en un accidente de tráfico, solemos experimentar el momento a cámara lenta. Y no es que nuestro cerebro sea el que se acelere en esas situaciones. La percepción temporal se distorsiona por lo intensas que son estas experiencias. Cada vez que nos enfrentamos a una amenaza todo parece nuevo y vívido, los sentidos se agudizan, la atención se focaliza, y almacenamos gran cantidad de recuerdos significativos, en parte por lo relevantes que pueden ser en términos de supervivencia. En definitiva, nuestro cerebro nos engaña haciéndonos pensar que ha pasado más tiempo del que realmente ha pasado. 

Hay una zona del cerebro llamada corteza insular que está muy conectada con el sistema límbico, nuestro centro emocional. En esta región del cerebro se mide el paso del tiempo al integrar muchas señales motoras y sensoriales que provienen del cuerpo: palpitaciones, acaloramiento, sudor, dolor, etc. Si el cerebro recibe tal cantidad de señales en pocos segundos, nos hará creer que ha pasado más tiempo por lo significativa que ha sido la experiencia, o por lo incómodo que nos resulta ser tan conscientes de todas estas señales.

Parece que me he ido un poco del tema, pero no es así. Recordad, la impaciencia nos invade cuando sentimos que estamos perdiendo el tiempo o dejando pasar más de la cuenta en algo improductivo. Y que no tenemos un reloj digital en nuestra cabeza sino que el cerebro recibe miles de señales cada segundo con las que calcula cuánto tiempo ha pasado. Una de las señales más significativas esta siendo alterada por el ritmo frenético que llevamos en nuestras vidas. James Moore y su equipo han mostrado que el tiempo parece avanzar más rápidamente cuando hacemos algo que tiene una consecuencia directa en nuestro entorno, a esto le han llamado la “vinculación temporal”. Lo contrario también ocurre, si sentimos que no tenemos control sobre los eventos, es como si el tiempo pasara más despacio, algo que desespera y exaspera a muchos. Tenemos tal cantidad de opciones para interactuar y controlar nuestro entorno actualmente, pensadlo: de manera inmediata podemos contactar con personas por mensaje, llamadas o videollamadas; nos desplazamos de una forma hipereficiente en comparación con nuestros ancestros, coches, motos, trenes, aviones, y ahora tendríamos que añadir también patinetes; obtenemos en segundos o minutos comida de nuestra elección en bares, restaurantes o máquinas de vending; podemos comprar ropa y todo tipo de tecnología al instante o hacer un pedido por internet que a veces tarda un día o incluso menos.

¿Hay alguna forma de volver a resetear nuestro reloj interno? Pues hay algunas cosas que podemos hacer sin necesidad de hacernos ermitaños e irnos a vivir a las montañas para alejarnos de la civilización. Pero primero os menciono uno de los enfoques que ha demostrado fracasar en esto de convertirnos en seres más pacientes, y controlar la inmediatez de nuestras vidas, y todos estos impulsos que nos llevan a querer y tener ya en el momento lo que deseamos. Es la fuerza de voluntad. Podemos usarla para contener nuestras emociones y nuestros deseos de inmediatez, pero el resultado suele ser un efecto rebote. Esto nos genera más estrés que otra cosa. Emplear la fuerza de voluntad en una cosa hace que seamos más susceptibles de caer en la siguiente, así que es una batalla perdida. O al menos no puede ser la única arma que tenemos. 

Cada vez hay más estudios que muestran cómo la meditación y el mindfulness (que es básicamente la práctica de llevar la atención al presente) ayuda y mucho con la impaciencia. Todavía no tenemos muy claro por qué. Podría ser porque los que practican ejercicios de meditación son más capaces de lidiar con la impaciencia por pura práctica, en cada ejercicio de meditación se enfrentan a ella. La filosofía que sustenta el mindfulness o atención plena, es la de aceptar el momento presente y todas nuestras emociones y pensamientos, tal y como son, sin intentar cambiarlas.

Y también es necesario decir, y por mi práctica clínica lo puedo confirmar, que a las personas más impacientes les cuesta especialmente la práctica de la meditación de forma regular. Hay algunas ideas más que pueden ayudar a estas personas. La estrategia sería combatir emociones con emociones. David DeSteno es profesor de psicología en Boston y uno de los que propone que la gratitud puede ser uno de los mejores atajos mentales para conseguir ser más pacientes. Ha comprobado en diferentes estudios como un simple ejercicio escrito de gratitud hacia algo en sus vidas, les ayudaba a aplazar recompensas más inmediatas por otras mejores que requerían esperar algún tiempo. La gratitud es una emoción potente contraria al enfado y frustración generado por la impaciencia. Si lo pensáis, es un ejercicio mental en el que valoramos muchas cosas en perspectiva, especialmente aquellas que vivimos como un regalo, el cariño de una persona, la ayuda de los compañeros, o todas esas situaciones que nos permiten disfrutar de la vida. En un mayor estado de gratitud es más fácil desactivar nuestra ira y urgencia por cosas insignificantes a las que erróneamente concedemos más importancia de la que tienen o se merecen.

NOTAS: 

La escala de Leon James. Marc Wittmann y su libro de 2016 sobre la percepción del tiempo. James Moore y uno de sus artículos sobre tiempo y emoción. Robert Levine en un excepcional trabajo sobre nuestro ritmo de vida acelerado, y el estudio mencionado sobre peatones andando en la calle. Aquí un metanálisis sobre meditación y otro. David DeSteno y uno de sus trabajos sobre la gratitud.

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Pensamiento mágico

Año 2019, a pesar de todos los problemas que siguen existiendo en nuestra civilización, podemos estar de acuerdo en que ya no vivimos tan rodeados de misticismo, ni hablamos del Dios Sol ni de las fuerzas de la naturaleza como algo divino. En gran medida estamos orgullosos de pensar en términos de causa y efecto, de ser analíticos, y formar todo tipo de teorías digamos al menos “serias” sobre el mundo que nos rodea. El método científico comenzó con el movimiento europeo de la Ilustración, en el siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces. Por aquel entonces, estos nuevos pensadores ilustrados sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia y la superstición, entre otras cosas con el fin de construir un mundo mejor. 

Cuando construimos algún tipo de causa y efecto sobre algo que ocurre a nuestro alrededor, estamos intentando explicar por qué sucede algo de una forma más racional, y así podemos predecir en un futuro situaciones parecidas. Y la ciencia se encarga efectivamente de comprobar mediante experimentos que nuestras observaciones racionales son correctas. A pesar de este proceso mental tan adaptativo, hay momentos en los que todos podemos ser supersticiosos. A veces tenemos creencias infundadas y algo mágicas que guían nuestra forma de actuar, hay personas que a diario repiten rituales con la convicción de que les puede ayudar a evitar algún mal. Y bueno, gatos negros, escaleras, tocar madera, santiguarse. etc. Ya sabéis. Hay personas que lo justifican sólo como manías o costumbres pero en realidad está operando un fenómeno que también han estudiado los científicos. 

Para explicaros lo que ya sabemos acerca de las supersticiones, hoy hablaré también de antropólogos, expertos en estudiar la cultura del homosapiens. Y empiezo con Bronislaw Malinowski que es un antropólogo polaco de nacimiento aunque pasó gran parte de su vida en Inglaterra, de hecho es reconocido como el fundador de la antropología social británica a principios de siglo XX. Y algunos ya sabéis cómo son los antropólogos: Este es de los que se fue durante varios años a estudiar poblaciones indígenas. En su caso, fue el gobierno australiano quien le dio fondos para estudiar la cultura de los habitantes de unas islas al norte de Papúa Nueva Guinea. En el libro que publicó a su vuelta a Inglaterra cuenta la historia de uno de los estudios que realizó sobre los pescadores de aquellas islas.

Parece que algunas veces pescaban en lagos interiores que había en la propia isla, y allí la pesca era algo muy predecible, casi siempre podían coger peces muy parecidos en cuanto a tamaño y especies. Pero ocurre que también empezaron a pescar en mar abierto, en el océano que les rodeaba. Y bueno allí los peces eran mucho más grandes pero bastante más difíciles de pescar.

Con el tiempo cada vez pescaban más en el mar y menos en el lago, atraídos por la idea de pescar peces más grandes y variados, a pesar de la mayor dificultad de la tarea en comparación con la cómoda pesca en los lagos. Así es como Malinowski observó que los indigenas fueron desarrollando poco a poco todo tipo de supersticiones, sobre todo rituales que llevaban a cabo durante la pesca, pero también cánticos para atraer a los peces e incluso lo que consideraban hechizos mágicos. Así que las circunstancias, sobre todo el resultado incierto de la pesca, fueron las que determinaron que desarrollaran todo este conjunto de pensamientos mágicos alrededor de la pesca. 

Podríamos pensar que esto de las supersticiones es un tipo de mecanismo adaptativo que sólo ocurre en humanos. Pero no es así, esta tendencia a emplear los rituales como forma de manejar situaciones inciertas también parece que se da en animales. Coincide que justo casi a la vez que Malinowski publicaba sus resultados, Skinner, el conocido psicólogo conductista americano, ofreció resultados parecidos experimentando con palomas. Y lo que hizo en su experimento fue, bueno primero enseñar a las palomas a pulsar una pequeña palanca y que apareciera comida después de pulsarla, pero en la condición experimental lo que ocurrió fue que la comida aparecía de forma aleatoria, en intervalos ya establecidos, y esto podía coincidir o no con que la paloma pulsara la palanca. Por lo tanto, era algo que se escapaba del control de las palomas, no había ningún tipo de patrón detectable por ellas que pudiera predecir la aparición de la comida. Durante esta condición experimental fue cuando Skinner observó que las palomas empezaban a mostrar conductas extrañas antes de pulsar la palanca, movían la cabeza hacía un lado, emitían un silbido, o daban una vuelta alrededor de la caja. 

Así que las palomas, frente a circunstancias impredecibles desarrollaron conductas supersticiosas. Pulsar la palanca no era suficiente y por eso construyeron una pauta o relación entre la aparición de la comida y lo que creían que había ocurrido justo antes. ¿Os suena esto? ¿Cuánta gente lleva algún tipo de amuleto porque lo tenían el día que les ocurrió algo agradable y le atribuyen por tanto algún tipo de relación causal con lo ocurrido?

Sin embargo ya sabemos que estas construcciones causales y superticiosas que hacemos no son ni mucho menos efectivas ni predicen que algo vuelva a ocurrir. Ni los rituales de los pescadores, ni los movimientos de las palomas, ni los amuletos que llevemos con nosotros. A pesar de ello, estas conductas y creencias se mantienen. Buscamos patrones desesperadamente en el mundo que nos rodea, no poder predecir en absoluto que viene a continuación nos genera un alto nivel de ansiedad e incertidumbre. Así que igualmente creamos relaciones entre cosas que podemos hacer y que dependen de nosotros, y  algún evento externo con poca probabilidad de que ocurra. 

Ahora además sabemos un poco más acerca de lo que ocurre en el cerebro cuando mantenemos estas creencias mágicas y supersticiosas. Hay un neurotransmisor llamado dopamina que parece estar implicado en la esta detección de patrones para la que el cerebro está tan orientado. Y la idea más básica es que cuanta más dopamina tenemos en el cerebro más patrones vemos en nuestro entorno. Digamos que la dopamina ayuda a que carguemos de significado las cosas que percibimos: Si hay poca en el cerebro no veremos ningún patrón; si hay mucha, los veremos donde no los hay.

El neurocientífico suizo Peter Brugger llevó a cabo un famoso experimento para comprobar hasta qué punto los niveles de dopamina de verdad determinan la forma en la que vemos el mundo. Mostró a los participantes imágenes de caras que se veían con mayor o menor claridad, algunas eran fácilmente reconocibles y otras estaban tan degradadas que era casi imposible distinguir ningún rasgo facial. Entre los participantes en el experimento había personas con creencias religiosas y también en lo paranormal. Otras habían reconocido su escepticismo. Pues durante el experimento los escépticos apenas reconocieron caras entre las imágenes que les mostraron, mientras que los creyentes vieron muchas. En otra prueba posterior con los mismos participantes, la mitad de los escépticos recibieron sin saberlo una dosis de un medicamento llamado L-dopa (que es el precursor metabólico de la dopamina, y también por cierto es el medicamento aislado más eficaz en el tratamiento de la enfermedad de Parkinson). Con el subidón de dopamina que les provocó el medicamento, vieron muchas más imágenes que los participantes más escépticos que no recibieron medicación. Según el grupo de investigación de Bruger, esto es una prueba de que al elevar los niveles de dopamina aumenta la detección de patrones en nuestro entorno.

Y parece que lo mismo ocurre en el sentido opuesto. Si nos enfrentamos a una situación muy impredecible, en la que no tenemos referentes ni podemos anticipar lo que va a ocurrir, nuestro cerebro eleva los niveles de dopamina para poder detectar patrones que nos permitan elaborar teorías causa-efecto y así poder controlar el entorno. Y en estas situaciones es donde especialmente surgen las supersticiones. Así que ante un estado de confusión mental e incertidumbre, desarrollamos el pensamiento mágico como mecanismo de adaptación. La superstición se mantiene por la creencia de que podemos influir en el resultado de las cosas, y a veces parece que necesitamos sentir una gran sensación de control. 

Y bueno, las supersticiones también tienen por supuesto un fuerte componente cultural. Hay lugares en los que el pensamiento mágico está tan afianzado que ha pasado a formar parte de manera generalizada del sistema de creencias de sus habitantes. En este caso, ya no se trataría de generar supersticiones como forma de lidiar con una situación en la que no controlamos el resultado, sino más bien como un filtro con el que explicamos gran parte de nuestras vivencias. En este punto es dónde más problemas veo, sobre todo por todas las pseudociencias que se aprovechan de este mecanismo adaptativo. La astrología, los horóscopos, la adivinación, el tarot, la cartomancia, el reiki; todas generan un cuerpo de conocimiento, recopilan gran cantidad de creencias supersticiosas y lo ofrecen de nuevo como un producto o servicio con el que ganar dinero. En muchas ocasiones, las personas más proclives a ser engañadas son las que sienten que su futuro  es incierto y quieren controlar el resultado de los acontecimientos, como explicaba antes. Estos son en definitiva algunos de los peligros que presenta el pensamiento mágico. Pero yo sugiero que nos quedemos con el valor adaptativo que en ocasiones puede tener. 

NOTAS: 

El antropólogo Bronislaw Malinowski fue el fundador de la antropología social británica. Skinner y las supersticiones en las palomas. Peter Brugger y su experimento con la dopamina.

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Atribución de virtudes

No existe ninguna persona perfecta. Seguramente la mayoría de la gente tiene algunas virtudes y gran cantidad de defectos. Y no es porque no lo intentemos o no queramos mejorar, sencillamente no tenemos la capacidad para ser tan honestos, sabios, o valientes como nos gustaría ser. Eso tampoco significa que la mayoría de las personas sean deshonestas, cobardes, o viciosas. Podríamos estar de acuerdo en que nuestras personalidades se conforman por una mezcla de virtudes y defectos. Y creo que de hecho esta es la interpretación más simple de lo que la psicología nos dice sobre el ser humano. Pues sorpresa, ya sabéis, hay psicólogos que se han dedicado a investigar y averiguar cómo podemos llegar a ser mejores personas, cómo podemos ser más generosos, colaboradores y compasivos.

La pregunta que han intentado responder es cómo conseguir que nos acerquemos lo máximo posible a esa persona que queremos ser, a ese ideal con el que nos identificamos e incluso a veces nos engañamos pensado que ya hemos llegado. 

Hoy os voy a hablar sobre una de las estrategias más conocidas que se emplean para hacernos mejores personas. Los autores lo suelen llamar el virtue labeling, que se podría traducir como etiquetaje de virtudes, aunque a mí me parece más adecuado llamarlo atribución de virtudes. Lo vais a entender rápidamente por su aparente simpleza. Cuando nombramos cualidades de una persona, cuando elogiamos su buen hacer, su generosidad y comprensión, estamos aumentando las probabilidades de que esa persona actúe de esa forma, que mantenga esa imagen que los demás tienen de ella. Nuestra autoimagen, la visión que tenemos de nosotros mismos, la forma en que nos describimos, tiene mucho que ver con los mensajes que recibimos de los demás desde que somos niños. E intentamos estar a la altura de esas expectativas. De hecho, solemos perpetuar los roles en los que nos encasillan. Así que al elogiar o ensalzar una virtud de otra persona, por ejemplo la generosidad, incluso aunque realmente no la tenga, podemos provocar que la persona actué como si lo fuera, acorde con la imagen que cree que los demás perciben.

Gracias a algunos experimentos, sabemos que al menos en ciertos contextos esta estrategia funciona muy bien. Empiezo con un par de estudios que se realizaron con niños de 10-11 años. El experimento más famoso se realizó en 1975 en la Universidad de Nebraska y lo llevó a cabo Richard Miller y su equipo. Formaron tres grupos experimentales con una selección al azar de niños en un contexto escolar: A uno de los grupos le dijeron que eran muy ordenados y limpios en clase; a otro que debían ser más ordenados y limpios; y por último un grupo control al que no dieron ningún mensaje específico. En un seguimiento posterior en el que registraron el comportamiento de cada grupo vieron que el grupo al que etiquetaron como “ordenado” fue efectivamente el más ordenado; el grupo control y el que recibió la instrucción de ser más ordenado no mostraron diferencias significativas. Fijaros que sencillo, decirles que ya eran ordenados fue más eficaz que pedirles que se esforzaran por serlo. 

El otro experimento de la Universidad de Minnesota dirigido por Shirley Moore en los años 70 planteó etiquetar a uno de los grupos experimentales como niños “cooperativos” mientras que al otro se les calificó como “competitivos”. Horas más tarde en el mismo día se les puso a jugar con un típico juego de construcción con bloques para hacer torres. A pesar de que muchos de los niños decían no recordar lo que les dijeron previamente, el grupo de niños etiquetados de cooperativos colocaron el doble de bloques que el otro.

En 2007, el economista Gert Cornelissen realizó un estudio en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, en el que planteaba varias condiciones experimentales con participantes, esta vez en el rol de consumidores. Algunos de ellos vieron videos en los que se les calificaba de estar preocupados por el medioambiente y estar concienciados ecológicamente. Y de nuevo comprobaron que en las compras que realizaron posteriormente se mostraron más comprometidos con el medioambiente que los participantes del grupo al que pidieron que fueran más responsables y que el grupo control.

Pensando en las conclusiones a las que nos llevan estos estudios, parece que atribuir estas virtudes a las personas aunque ellas no lo recuerden tiene un efecto sobre su conducta. Cuando somos calificados de esta forma, otros esperan que actuemos de acuerdo con esa descripción, y si son etiquetas que consideramos positivas, nos vemos empujados a estar a la altura y no decepcionarles.

Pero estas conclusiones son todavía precipitadas con el apoyo empírico de los experimentos que os describo. Hay más estudios que intentan ofrecernos más datos. Se pretende responder a la pregunta de si lo que ocurre es sólo que intentamos estar a la altura de la imagen que se tiene de nosotros, o si además al atribuirnos virtudes hay un cambio más profundo en nuestra forma de vernos a nosotros mismos, de pensar y de actuar.

Os cuento un par de investigaciones que evaluaron el efecto de la atribución de virtudes en la conducta moral de los participantes. Robert Kraut es un psicólogo social que aunque ahora está totalmente metido en investigar cómo interactuamos a través de internet, ya realizó un estudio curioso sobre moralidad. Pidió a sus ayudantes que durante un día fueran puerta a puerta pidiendo donativos para una asociación de enfermos del corazón. De aquellos que realizaron una donación, la mitad fueron calificados como generosos. Vamos que les dieron en el momento mensajes del tipo “Eres una persona generosa. Me gustaría que mucha más gente de la que me encuentro fuera tan caritativa como tú”. La otra mitad que donó no recibió ninguna atribución de virtudes. Y de los que no donaron, a la mitad les dijeron que no eran caritativos y a la otra mitad no les dieron ningún mensaje.

Y lo que hicieron fue volver a la semana siguiente a pegar en las mismas puertas y esta vez pedirles un donativo para una campaña de recogida de fondos para la esclerosis múltiple. 

Os explico los resultados de forma simple: Si el máximo donativo fuera 1€, el grupo que lo hizo inicialmente y que calificaron como generosos donaron de media 0,70€, el que hizo un donativo pero no recibió ningún mensaje positivo, 0,40€. Y luego de los dos grupos que no donaron nada previamente, a los que no les criticaron por ello dieron de media 0,33€. Y por último, los que no donaron y además recibieron la crítica por no ser generosos, en esta segunda campaña donaron de media sólo 0,23€. De nuevo, la mayor diferencia se podría explicar por la variable “atribución de virtudes”.

Otro ejemplo es el sencillo experimento de William DeJong en Boston. A algunos de los participantes en el experimento los calificaron como personas amables y consideradas. Pocos minutos después un actor hace como que se le caen al suelo 500 tarjetas perforadas de las que usan los ordenadores. Los participantes a los que se les atribuyeron estas cualidades recogieron una media de 163 tarjetas durante unos 30 segundos mientras que en el grupo control cada sujeto ayudó a recoger 84 tarjetas durante 21 segundos.

Vamos a pararnos a pensar cómo podemos aplicar estas estrategias para ayudar a otros a ser mejores personas. Podríamos estar más pendientes de elogiar a los niños por sus cualidades y virtudes, tanto profesores en clase, como padres y familiares en casa. Lo mismo con nuestras parejas, si queremos que sean más pacientes, podríamos hablar de cómo ya lo están siendo como forma de que de verdad ocurra. O con nuestros amigos, podríamos mordernos la lengua y alabar su ayuda con el propósito de que nos apoyen más.

Pero tengo que deciros que esta estrategia de atribución de virtudes presenta unos cuantos problemas y dudas. En primer lugar, necesitamos aún muchas más investigaciones para poder afirmar que esta estrategia funciona y saber cuales son los mecanismos que hace que funcione. Tampoco sabemos si el efecto se mantiene a largo plazo o sólo en un período corto de tiempo. Incluso aunque viéramos que los efectos se mantienen en el tiempo, esta estrategia no parece suficiente para aceptar que alguien se ha convertido en mejor persona. La motivación genuina por ser compasivos, honestos o generosos no parece tan auténtica si en gran medida se hace por estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. Y también podríamos pensar que el que pone en práctica estas estrategias para hacer mejores personas a los demás, está empleando tal vez métodos que no son tan honestos. Cuando se está alabando de esta forma a otra persona, no se puede abusar del elogio o la otra persona sospechará que la estás adulando. Así que para que se lleve a cabo de forma efectiva hay que medir las palabras para que no se den cuenta de la estrategia. No suena demasiado bien visto así. Esforzarse por hacer que otros sean mejores personas, para conseguir por ejemplo que sean más honestos, a base de estrategias y engaños.

Si algunos habéis cambiado de opinión con estos últimos argumentos, tengo que deciros que aún hay motivos para pensar que atribuir virtudes a otros puede ser interesante. Pensemos en el uso del placebo en investigaciones. El experimentador ofrece un tratamiento médico que puede ayudar en un problema concreto, a pesar de que es sólo sacarina. A sabiendas de ello muestra además una actitud de autoridad y confianza que también es necesaria para que el efecto placebo ocurra. De alguna forma es parecido. El investigador engaña al paciente para generarle un beneficio que además no requiere el uso de ningún psicofármaco real. El uso de placebo no es ilegal ni es una práctica reprochada moralmente por las asociaciones profesionales de médicos. Así que en muchos sentidos, la atribución de virtudes es como un placebo, una estrategia para generar expectativas. 

Para mí sigue siendo problemático emplear esta estrategia de forma indiscriminada e injustificada. Para otros, el fin siempre justifica los medios. En un contexto clínico, cuando encontramos todo tipo de sufrimiento, pensamientos distorsionados, o descripciones destructivas de la propia persona, atribuir cualidades y virtudes puede ser una herramienta muy potente. Lo entiendo más como una forma de rescatar y evocar cualidades de la propia persona que en el momento presente no recuerdan o no tienen la capacidad de emplear en sus vidas. Otra cosa es vender a todos por igual el mensaje ingenuo de que son maravillosos y seguro que salen adelante porque son las mejores personas del mundo, cayendo en el habitual error de malinterpretar la psicología positiva.

NOTAS

El libro de Christian B. MillerThe Character Gap” sólo en inglés por ahora. Aquí tenéis disponible también en inglés un capítulo del libro de Robert C. Roberts llamado “Emotions in the Moral Life”. Artículo sobre el experimento de Richard Miller con niños “ordenados”. Gert Cornelissen y su estudio sobre conciencia ecológica y consumo. Robert Kraut y su experimento sobre donaciones. William DeJong y sus trabajos

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