Navegación espacial

Voy a hablar sobre localización espacial, especialmente acerca de las emociones que nos generan lugares importantes, como puede ser la casa en la que vivimos cada uno de nosotros.

El hogar es más que un lugar. Nuestra casa nos genera toda una serie de emociones, sensaciones de seguridad y de pertenencia. Los lugares, los recuerdos, y las emociones, están entrelazados entre sí. En las últimas décadas, estas emociones que tenemos asociadas a lugares concretos, han empezado a tener un apoyo empírico importante. 

Pero tenemos que remontarnos a los años 70, la década en la que yo nací, para hablar de John O’Keefe, que es un neurocientífico de la Universidad de Londres responsable de desvelar los mecanismos cerebrales para movernos por el espacio, lo que se conoce como navegación espacial.

Lo que hicieron en numerosas investigaciones fue monitorizar la actividad eléctrica en una zona del cerebro llamada hipocampo. Los experimentos realizados con ratones consistían en implantar electrodos en esta pequeña zona cerebral y observar cómo una serie de neuronas específicas disparaban su actividad cuando los animales se movían por diferentes lugares. A estas neuronas se las conoce como células de posición, y cada una de ellas está vinculada y se dispara sólo en un lugar concreto, formando una representación espacial en nuestro cerebro. Años después se pudo comprobar que en el hipocampo hay otros dos tipos de neuronas implicadas en la navegación espacial. Las células de rejilla, que forman un mapa tridimensional en cada lugar en el que estamos, y las células direccionales, que se activan dependiendo del lugar al que estemos mirando o dirigiéndonos. Estos tres tipos de neuronas forman lo que podríamos llamar el GPS del cerebro y nos permiten orientarnos en el espacio y activar información importante relacionado con el lugar en el que estamos.

Como ha sido habitual durante años, se asume que gran parte de los fenómenos que encontramos en pequeños mamíferos como los ratones, pueden ser en gran parte aplicables a nosotros, al presentar un cerebro muy similar en su estructura. No fue hasta el 2013 cuando pudieron comprobar que el funcionamiento era coincidente en humanos también. Es más complicado de lo que mucha gente cree llevar a cabo experimentos con personas en donde se implanten electrodos y se lleven a cabo las pruebas. En este caso se realizó con pacientes epilépticos que iban a ser operados. Durante la evaluación previa a la intervención quirúrgica, se les implantaron electrodos para medir la actividad cerebral del hipocampo. Los pacientes debían moverse en un entorno tridimensional generado por ordenador, encontrando el mismo funcionamiento de las diferentes neuronas que encontraron con los roedores.

Vamos a complicar un poco más la cosa. Otro neurocientífico, Matt Wilson, investigador del famoso MIT de Boston, realizó experimentos en los que se comprobaba que el hipocampo es mucho más que nuestro GPS. También almacena recuerdos y memorias asociadas a cada lugar. Las células de lugar no sólo le dicen al ratón que ha llegado a su casa, sino que ayudan a codificar las memorias y experiencias de lo que ocurre en casa. Así que se trata de un GPS enriquecido con todo tiempo de detalles sobre el ambiente y los acontecimientos registrados en él. Lo que ocurre en un lugar afecta constantemente a la forma que tenemos de pensar en ese lugar. Si hacemos algo nuevo en un mismo lugar se disparan células de lugar diferentes. Es decir, nuestro mapa mental, con todos los significados que asociamos, se actualiza continuamente al ocurrir nuevas situaciones. Esto significa que tu cocina es tu cocina porque cocinas en ella, no sólo porque tenga una nevera o un fregadero. El hecho de hacer cosas diferentes en cada sitio es lo que define los lugares en mayor medida. 

Os cuento otros estudios con ratones que están teniendo impacto en la forma que entendemos el diseño de las casas. Observaron que alteraciones estructurales en un lugar, como mover compartimentos en una zona concreta del laberinto, generaba cambios en el funcionamiento de las células de lugar, como si se desecharan los mapas mentales construidos y se empezara de cero. Lo mismo nos podría ocurrir cuando hacemos una reforma en casa, cambiamos tabiques, o convertimos la cocina y el salón en único espacio común. Nuestro cerebro reacciona creando un mapa mental completamente nuevo. Esto podría explicar la sensación de sentirse extraño, como en lugar nuevo, cuando realizamos a veces incluso pequeños cambios en nuestro hogar. Entender cómo se combinan espacio, memoria y emoción en nuestro cerebro puede ayudar a los arquitectos y diseñadores a concebir casas más cómodas y agradables. Nuestro GPS concibe los lugares como una secuencia de salas conectadas entre sí, más que espacios aislados. Y el uso de barreras o tabiques para separar espacios en una misma casa parece ayudarnos a concebir cada habitación de forma diferente.

Algunos conoceréis los estudios sobre el efecto “marco de la puerta”, un fenómeno que nos ha pasado a todos en más de una ocasión. Gabriel Radvansky, profesor de psicología de la Universidad de Notre Dame, estudió cómo al llegar a una habitación olvidamos lo que estábamos haciendo o buscando. Entrar en una habitación activa el conocimiento asociado a esa estancia y desactiva los otros, la memoria esta compartimentalizada por lugares. El grupo de investigación de Radvansky llevó a cabo varios experimentos donde se realizaban tareas mientras se atravesaba o no una puerta. La tarea consistía en tratar de llevar objetos entre diferentes lugares, un grupo los hizo sin cruzar puertas, y el otro requería atravesarlas. Y vieron que el grupo que atravesaba una puerta hacia otra habitación, presentaba más problemas para recordar lo que tenían que hacer, lo que sugiere que la puerta dificulta la habilidad que tenemos para recodar pensamientos o decisiones hechas en una habitación distinta. Y sí, volver sobre nuestros pasos o a la habitación donde estábamos antes de olvidarlo, es una buena forma de recordar lo que estábamos haciendo.

Y la memoria emocional juega también un papel muy importante, sobre todo en relación a las sensaciones de peligro o seguridad asociadas a un lugar. La células de lugar parecen mapear también el contenido emocional. Y los límites espaciales para cada emoción pueden ser muy precisos. Atravesar una puerta también puede ser la diferencia entre sentir peligro o seguridad. No sólo para el animal que sale de la cueva y siente cómo su sensación de alerta se dispara. Para nosotros puede serlo también salir de casa o llegar al trabajo. De nuevo, cuando entramos o salimos de ciertos lugares nuestra alarmas se disparan o sentimos seguridad y protección.

Algunas de estas ideas pueden seros útiles en vuestras vidas, para mí lo son además en mi trabajo como psicoterapeuta. Parte de las experiencias de tristeza o ansiedad que quieren cambiar las personas que acuden a la consulta, están asociadas a lugares y a lo que hacen en ellos. Y a veces ligeros cambios en su funcionamiento pueden ayudar a remapear las emociones y significados registrados en nuestro GPS.

- NOTAS -

La investigación original de O’Keefe en 1971 sobre el hipocampo como mapa espacial. Estudio con pacientes epilépticos en 2013. Matt Wilson y sus investigaciones sobre el hipocampo y las emociones. Estudio de Radvansky sobre el efecto marco de la puerta que nos lleva a olvidar.

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Desinformación

No podemos entender cómo ocurren los cambios en nuestra sociedad sólo fijándonos en los individuos. Necesitamos observar también cómo cambia nuestra forma de relacionarnos, qué tipo de comunicación tenemos, y qué historias nos contamos unos a otros. Esto es lo que afecta a nuestra capacidad como sociedad para construir creencias de las que nos podamos fiar. Muchos ya sois conscientes, vivimos en un momento clave en el que recibimos gran cantidad de engaños y bulos que se convierten en verdad para muchas personas con relativa facilidad.

Durante varias décadas, la desinformación, o lo que ahora llamamos noticias falsas (o fake news), provenía de los medios de comunicación, era la llamada manipulación informativa. No es que esto haya dejado de pasar, pero el acceso diario a redes sociales, Facebook, Instagram, Twitter, y también incluimos Whatsapp, ha cambiado todo el panorama.

Mucho antes de que inventáramos la televisión o internet, los seres humanos ya extendían creencias falsas con el boca a boca y posteriormente cuando comenzó la escritura hace unos 3500 años. En realidad algo muy reciente en la historia del homosapiens, que se remonta a más de 300.000 años. La psicología social lleva décadas estudiando los fenómenos de comunicación humana, como la extensión de los rumores o la creación y la propagación de mitos. 

No es difícil ver por qué podemos llegar a tener todo tipo de creencias falsas: las personas se transmiten ideas y creencias de una a otra, y las relaciones humanas se basan en la confianza mutua, así que damos muchas creencias por buenas si la fuente nos resulta fiable. La idea más sencilla es que no podemos pararnos a comprobar toda la información que nos llega por diferentes medios, sencillamente confiamos en mayor o menor medida dependiendo de quien lo cuente y la confianza que nos inspire.

Pongamos algunos ejemplos. Casi todos creemos en la existencia de los gérmenes, los microbios y las bacterias. Pero es algo que no podemos comprobar directamente, o al menos muchos de nosotros no contamos con un microscopio para asegurarnos de que existen. Ocurre lo mismo con el cambio climático o la existencia o no de extraterrestres. No sólo no tenemos medios directos para comprobar estas creencias, sino que creer una cosa o la otra no tiene ningún impacto ni consecuencia sobre nuestras vidas. Vamos que en relación a gran cantidad de temas, podemos elegir pensar de una forma u otra, sin que esto tenga ninguna consecuencia inmediata en nuestras vidas.

James Owen y Cailin O’Connor han publicado este mismo año un libro llamado “La era de la desinformación”. Los dos son profesores de la Universidad de California, y tienen un perfil muy interesante. James es físico, matemático y filósofo de la ciencia. Cailin es experta en biología y psicología, y también filósofa de la ciencia. La filosofía de la ciencia es especialmente interesante porque se centra en integrar todo el conocimiento que vamos acumulando mediante el método científico. Necesitamos investigadores que tengan una visión más global y no se limiten a estudiar áreas muy muy especializadas. Ya sabéis, científicos que dedican toda su vida a profundizar sobre el funcionamiento de un gen sobre enfermedades respiratorias, otros que se centran exclusivamente en conocer más acerca de la transmisión de ondas electromagnéticas en un medio líquido, etc. El nivel de especialización puede ser ridículo, y claro que es necesario, pero perdemos la visión global de tal cantidad de avances e investigaciones sin los filósofos de la ciencia.

Pues bien, James y Cailin hablan sobre cómo los seres humanos necesitamos los vínculos sociales para construir conocimiento y creencias acerca de la vida. Como decía antes, durante cientos de años ha existido la desinformación, las creencias falsas y los mitos. De hecho, desde el punto de vista de los Estados y los diferentes tipos de Gobiernos e Instituciones, es más que interesante controlar lo que la gente piensa y en qué creen.

Así que volviendo a la actualidad, hablemos de los cambios que estamos experimentando. Nuestra forma de interaccionar y relacionarnos está evolucionando. Ahora tenemos mucho más control sobre la información que nos llega y con quien interaccionamos. Pongamos que eres un antivacunas. Es fácil que encuentres a otros antivacunas con los que relacionarte y confirmar más tus ideas, más que interactuar con otros que desafíen tu creencia. Internet nos ofrece todo esto de una forma muy sencilla. Por otra parte, tenemos todo tipo de influencers en YouTube o Instagram, que tienen un contacto muy directo y personal con su audiencia. De hecho, el tipo de influencia que ejercen es potente por lo similar que es la forma de interaccionar a la que podemos tener con personas cercanas en las que confiamos. Y no sólo eso, cuando nos unimos a algún grupo o comunidad en internet estamos recreando en gran medida nuestro funcionamiento tribal. Los vínculos tribales son elementales para saber a qué grupo pertenecemos y con qué estilo de vida y creencias nos sentimos identificados. Una vez que sentimos que somos parte de ese grupo, nuestras convicciones se ven reforzadas. confirmadas, de manera que se hace mucho más difícil mantener cierta apertura mental a otros puntos de vista, y gran cantidad de creencias y noticias falsas pueden entrar sin ningún filtro si encaja en nuestros esquemas mentales y los de nuestro grupo o tribu. Todo esto está muy relacionado con el sesgo de confirmación, del que ya hablé en otro artículo anterior. Internet y las redes sociales están provocando un efecto mucho más potente en definitiva sobre los medios que durante años nos han ayudado a decidir en qué tenemos que creer y en qué no.

Otra fuente de información falsa aparentemente inofensiva son los memes. Nos llegan por Whataspp pero los vemos también en Facebook, Twitter o Instagram. De nuevo, estos mensajes nos llegan habitualmente de personas cercanas en las que confiamos, algo que los hace muy efectivos. Aunque muchos de ellos tienen un mensaje muy simple o incluso no dicen nada en particular, suelen evocar la parte más emocional, y recordemos que las emociones están habitualmente asociadas a nuestra ideología y nuestras creencias. Es un tipo de desinformación que de nuevo puede confirmar nuestras ideas y llevarnos a extremos más polarizados. ¿Algunos ejemplos de memes no inofensivos? Aquellos en los que de alguna forma se mencionan temas como la inmigración, la política, los nacionalismos, etc.

Y como la irrupción de los Smartphones o teléfonos inteligentes ha sido tan masiva, tenemos un tipo de población especialmente desorientada, la de las personas mayores. Ya tenemos datos que nos confirman que comparten con mayor frecuencia noticias falsas. En contrapartida, precisamente los más jóvenes, que están más familiarizados con estos medios se muestran más reservados e incrédulos. Posiblemente, la sofisticación de la tecnología que empleamos sea la dificultad que impide a los más mayores diferenciar qué es publicidad, spam, o noticias falsas.

Es inevitable que siempre tengamos algunas creencias erróneas o falsas porque aprendemos en definitiva de esta forma tan social. Es fácil que las noticias falsas se propagen de una persona a otra. Pero esto no significa que siempre vayamos a tener el mismo nivel de credulidad. Si observamos la evolución cultural que ha sufrido el ser humano, comprobamos que estos sistemas culturales nos han ayudado a aprovechar mejor nuestras capacidades mentales. Hemos desarrollado métodos de aprendizaje que ayudan a los niños a progresar más que en el pasado. No siempre existió la escritura ni la lectura, o la escolarización obligatoria. Tampoco todas las ramas del conocimiento que tenemos actualmente, con gran cantidad de cursos de maestría y especialización. Así que no creo que tengamos que perder la esperanza, rendirnos, o ser pesimistas acerca del futuro al que nos llevan estas nuevas redes sociales de interacción. Sería importante que cuanto antes contáramos con más regulaciones acerca de qué tipo de noticias se pueden publicar para protegernos del fenómeno de la desinformación. En el último año ya se mueven muchos cambios, Facebook parece por fin esforzarse más en controlar la publicación de noticias falsas, y en YouTube están modificando los algoritmos que determinar si el contenido de un video se puede publicar o no, especialmente para parar la difusión de bulos de todo tipo, desde métodos de sanación mágica, hasta todo tipo de teorías conspiranoicas, una de ellas muy divertida, la de los terraplanistas que afirman que la tierra es plana.

Hay todo un trabajo de educación y culturización tecnológica por delante, y pienso que debe ser responsabilidad de aquellos que más capacidad tienen para detectar cómo se propagan los bulos, los que ayuden a los que aún confían en las redes sociales como si fueran parte de su tribu. 

- NOTAS -

James Owen y Cailin O’Connor en su libro “La era de la desinformación”. 

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Aburrimiento

El aburrimiento se ha convertido para muchos científicos en una experiencia muy interesante a la que cada vez dedican más investigaciones experimentales. Parece estar relacionado con los procesos de aprendizaje y creatividad, con la capacidad para controlar nuestras acciones y la atención que prestamos a diferentes estímulos. Voy a intentar responder a la pregunta de qué es lo que pasa en el cerebro cuando nos aburrimos, y para qué sirve… si es que tiene alguna función en un sentido evolutivo.

Una de las teorías está respaldada por el renombrado psicólogo Robert Plutchik, quien creó la Rueda de las Emociones en 1980 (que consistía en ocho emociones básicas y ocho emociones complejas, cada una compuesta de dos emociones básicas). Pues bien, Plutchik planteó que el aburrimiento es una emoción adaptativa que se desarrolló en nuestra especie porque nos otorgaba una ventaja evolutiva. Curiosamente, plantea además que el aburrimiento es una de las emociones más cercanas al asco, una emoción que nos sirve para evitar alimentos potencialmente peligrosos, y en un nivel social además nos informa de personas de las que debemos desconfiar por su moralidad. Así que, de una forma parecida, Plutchik plantea que el aburrimiento nos genera desagrado y nos empuja a activarnos, protegiéndonos frente al letargo o aturdimiento.

Un compañero de la Universidad de Virginia que comparte esta teoría es Timothy Wilson, quien ya publicó un estudio en el que demostró cómo muchos participantes de una investigación preferían autoadministrarse pequeñas descargas eléctricas antes que quedarse sólos con sus pensamientos. En una entrevista que hicieron en la revista Science a Timothy, le preguntaron por qué los participantes del experimento preferían hacerse daño intencionalmente en vez de quedarse sentados durante 15 minutos aburridos, que era la otra opción. La teoría de Timothy, que es sólo especulación, es que el cerebro de los mamíferos ha evolucionado para engancharse al mundo que les rodea, para sentirse atraídos por él. El sentido de tener un cerebro tan grande en relación a otros animales, es el de ser capaces de encontrar en nuestro entorno peligros de los que protegernos o bien oportunidades que aumenten nuestras posibilidades de supervivencia. Básicamente estamos diseñados para explorar y ser curiosos, y en ese sentido el aburrimiento nos genera malestar e incomodidad. 

Desde los enfoques evolucionistas se plantea habitualmente que mantener nuestros cerebros tiene un coste muy alto en términos de energía y de gasto calórico, y desde luego tiene sentido que haya un mecanismo (el aburrimiento) que nos empuje a sacar partido a nuestras capacidades, observando, siendo creativos y explorando permanentemente.

Aquí me acuerdo de la famosa frase de Carl Sagan acerca de si hay vida en el universo además de la Tierra. Él decía que “si estamos solos en el universo, cuanto espacio desaprovechado”. En relación al cerebro se podría pensar que si no tuviéramos ese impulso de aprender sería un gran desperdicio de recursos. Más de una vez he leído la metáfora de un Ferrari superdeportivo en un atasco de tráfico para explicar lo que es el aburrimiento a la mente.

Si volvemos a las investigaciones y para argumentar por qué el aburrimiento parece una experiencia necesaria, muchas de los estudios ya han demostrado cómo una alta actividad mental y estimulación cognitiva en el último tercio de nuestras vidas amortigua o ralentiza demencias y otros desórdenes mentales. Es la teoría de que el cerebro necesita ejercicio, y por ese motivo sentirnos aburridos nos incomoda y nos empuja a activarnos. Uno de los estudios más citados sobre este tema que es de 2005, demostró cómo mantenerse mentalmente activo reduce en un 33% la probabilidad de sufrir Alzheimer. En un estudio neurológico más reciente, del 2014, se concluye que la depresión no sólo está asociada a Alzheimer, sino que la provoca. Uno de los más contundentes sobre esto es el psiquiatra Norman Doidge, otro de esos personajes mediáticos en Estados Unidos y que tiene un libro superventas llamado “El cerebro que se cambia a sí mismo”. Norman plantea que no hay nada que atrofie más el cerebro que la ausencia de cambios en nuestras vidas: la monotonía destroza los niveles de dopamina, un neurotransmisor fundamental, además de reducir nuestra capacidad atencional, ambas cosas son básicas para mantener la plasticidad neuronal y en definitiva nuestra salud mental.

Y por todos estos motivos, el aburrimiento es una experiencia con muy mala prensa, digamos algo a evitar, con esa posible función de alertarnos para no caer en el letargo y la pasividad. 

Pero en realidad parece que también es interesante lo que ocurre mientras estamos aburridos,  la magia no ocurre sólo cuando hacemos algo para que desaparezca. El aburrimiento nos permite tener pensamientos sin rumbo fijo, sin ningún foco de atención, es algo así como deambular por la mente. Obviamente esto es un problema si estamos en medio de una tarea que exige concentración, ya podéis imaginaros, un piloto de avión despegando o un cirujano operando. Pero ocurre que hay situaciones en las que el aburrimiento y este tipo de pensamientos errantes nos permite potenciar la creatividad. Por explicarlo de una forma simple, los procesos creativos consisten en conectar dos conceptos nuevos o en cambiar el enfoque sobre algún tema. Si estamos muy focalizados en un tema concreto, sin salir de la misma red de significados es difícil dar con una idea nueva. Y el aburrimiento nos ayuda a hacer una especie de desenfoque o algo así como alejar el zoom de la cámara.

Hay un filósofo noruego, Lars Svendsen, que habla de todo esto en su libro ”La filosofía del aburrimiento”. Argumenta que en ocasiones permitirse estar aburrido nos aporta algunas ventajas, nos saca de nuestra rutinaria forma de pensar, nos permite llegar a nuevos significados o ideas al apartarnos un poco de nuestros esquemas o dejarlos de alguna forma desactivados momentáneamente. Este es el conocido fenómeno de la ducha. Es una tarea rutinaria y habitualmente aburrida. Pues bien mientras nos duchamos suelen aflorar ideas nuevas, recordamos algo que tenemos que hacer, encontramos la solución a un problema, o tomamos una determinación acerca del día que tenemos por delante. En esta situación nuestra mente vaga, apaga los sistemas atencionales y navega libremente por lo que los psicólogos llaman la periferia de la consciencia. Y no es raro salir de la ducha y buscar algo con lo que apuntar algunas de estas ideas que surgen. Pero uno de los problemas con este tipo de pensamiento indirecto, que fluye de forma involuntaria, es que cuanto más intentamos agarrar las ideas más se escapan, como si fuera la pastilla de jabón que apretamos y se escurre.

Esto engancha con un tema muy interesante, el de soñar despiertos. Hay investigaciones que hablan de diferentes tipos de lo que llaman “daydreaming”. La idea es que cuando nos damos cuenta que estamos en este estado mental en el que podemos parecer desconectados de lo que nos rodea, y las ideas fluyen libremente por la mente, conseguimos un estado de metaconsciencia, algo que aumenta más la creatividad de los pensamientos. Se ha observado que aquellos que no son conscientes de estar en este estado, no aumentan su creatividad. Así que parece marcar la diferencia que nos demos cuenta que estamos en este modo de pensamiento libre. Hay una línea de investigación paralela a la de los sueños lúcidos, tema del que ya hablé en el episodio 4, en los que se observa que hay personas que son conscientes de que están en un sueño y pueden influir en él mismo.  De la misma forma, soñar despiertos y ser conscientes de ello nos puede ayudar a mantenernos en ese estado de inspiración y creatividad.

El aburrimiento, además de permitirnos tener estos momentos de insight o de lucidez y creatividad, puede ser también útil para comprendernos mejor a nosotros mismos. Es difícil tener un momento de introspección cuando estamos en compañía de otras personas o enganchados en alguna tarea. De alguna forma nos ayuda a escuchar de otra manera nuestros propios pensamientos. La sensación de estar aburridos puede ser incómoda y agobiante, pero estar permanentemente distraídos con todo tipo de estímulos nos genera otros problemas.  Lo vemos fácilmente hoy en día, no sólo en los niños, hiperestimulados y distraídos las 24h del día con pantallas que los hipnotizan, también en adultos con sus móviles en la mano para llenar cualquier segundo de su tiempo que quede libre. Quizás deberíamos permitirnos salir de este constante aturdimiento, aunque sea algunos momentos al día, y sentir algo de aburrimiento si nos puede ayudar a pausarnos y ver nuestras vidas con más perspectiva.

- NOTAS -

Aquí podéis ver la rueda de las emociones de Robert Plutchik. Timothy Wilson y su estudio sobre aburrimiento y descargas eléctricas. Estudio sobre cómo mantenerse mentalmente activo reduce en un 33% la probabilidad de sufrir Alzeheimer. Estudio sobre depresión. El psiquiatra Norman Doidge y su libro superventas “El cerebro que se cambia a sí mismo”. El filósofo Lars Svendsen y su libro “Filosofía del aburrimiento”.

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El futuro de la longevidad

La Zona Azul se denomina a la región del mundo en donde las personas destacan por su longevidad y envejecen de manera activa y con buena salud. Se citan en la investigación las siguientes: Nicoya en Costa Rica, Okinawa en Japón, Icaria en Grecia, Cerdeña en Italia, y Loma Linda en California (USA). En estas regiones se encuentran diez veces más personas centenarias que en el resto del mundo. A partir de esta investigación demógrafos, científicos, gerontólogos, antropólogos y médicos hacen constantes exploraciones para identificar la causa del fenómeno.

El concepto de Zona Azul surgió a partir de una serie de trabajos demográficos y estadísticos de Gianni Pes y Michael Poulin, pero se dan a conocer mundialmente a partir de los trabajos de investigación periodísticos de Dan Buettner junto a un equipo de National Geographic, y la publicación de su libro “The Blue Zones”. 

Se han encontrado denominadores comunes que indican la causa de la longevidad en las Zonas Azules:

1. Mantienen una vida activa, en movimiento. Se desplazan constantemente y las actividades diarias están acompañadas de fuerza física y sobretodo caminatas.

2 Su dieta es rica en verduras, legumbres y frutas.

3 Siguen tendencia de reducción de cantidad de alimentos calóricos.

4 Tienen un propósito de vida.

5 Evitan el estrés crónico.

6 Se sienten útiles, necesarios en la familia y en la comunidad.

7 Mantienen frecuentes relaciones sociales. 

8 Predominan las actitudes espirituales o creencias religiosas.

Tres de estos factores se corresponden al ámbito físico, los otros tienen relación con actitudes, hábitos y costumbres psicosociales. Por otro lado, se han realizado investigaciones en las que se ha establecido que el factor genético solo juega un 25% y el 75% restante está determinado por factores externos antes citados. En todos los factores que tienen más que ver con cuestiones físicas, de actividad y alimentación, no voy a entrar apenas, y me centraré más en las cuestiones más psicológicos y sociales.

Propósito de vida

Dos de las regiones que os nombraba anteriormente, Okinawa en Japón, y Nicoya en Costa Rica, tienen una palabra para denominar a lo que en psicología se suele llamar el propósito de vida: Ikigai es el término en japonés y en Costa Rica lo suelen llamar el Plan de Vida. Y es que en estos lugares del mundo con tal alta cantidad de personas centenarias, parece que se repite sistemáticamente que tienen un propósito de vida. Es un elemento fundamental para el bienestar psicológico tener alguna meta que alcanzar, algún tipo de propósito general que dirija la vida de cada persona. 

Los científicos creen que este factor actúa como una especie de protección ante el estrés, y que incluso ayuda a disminuir de forma general los procesos inflamatorios, de manera que tienen menos posibilidades de sufrir enfermedades como el Alzheimer, la artritis o incluso de padecer alguna cardiopatía.

Cada vez hay más evidencia que apoya la importancia del propósito de vida en la salud mental y física, y cómo este factor puede llevarnos a vivir más tiempo. Uno de los investigadores que más se ha centrado en estudiar este factor, el doctor Robert Butler, plantea que no hay duda de que la expectativa de vida aumenta en la medida que tenemos un significado o sentido de la vida definido. En 2014 presentaron un estudio longitudinal que relacionaba el propósito de vida con la longevidad. La conclusión más simple a la que llegaron es que aquellas personas que expresaron tener un sentido claro en sus vidas vivieron más tiempo y de una forma más saludable que otras personas sin un propósito de vida bien definido.

Otros estudios más recientes han vinculado claramente un fuerte propósito de vida con un menor riesgo de mortalidad a partir de los 50 años. En el estudio se hizo un seguimiento de unos 7000 adultos por encima de los 50 años y los participantes fueron entrevistados utilizando un cuestionario en el que se evaluaba su propósito de vida y cómo de significativo e importante era para guiar sus vidas. Aquellas personas que tuvieron una peor evaluación en el propósito de vida tuvieron el doble de posibilidades de morir que los que puntuaron más alto. A pesar de que tenemos que ser prudentes a la hora de sacar conclusiones con estos estudios correlacionales, sí que podemos decir que parece haber suficiente evidencia para afirmar que tener un firme y claro propósito de vida tiene una influencia muy positiva sobre la salud y la longevidad.

Y ¿cómo conseguimos tener ese propósito de vida que nos guíe cada mañana cuando nos levantemos? Pues va a depender de cada persona por supuesto. Algunas lo encontrarán sencillamente en sus aficiones, otras lo encontrarán participando y dedicando tiempo a alguna organización o a algún voluntariado, o puede que otros sean felices pasando en tiempo en su jardín, o participando de la crianza de sus nietos. 

Lo que sí parece claro es que las personas necesitamos tener un sentido que nos ayude a luchar y esforzarnos cada día por seguir activos. Es algo que además se puede apreciar trabajando en la consulta psicológica. Cuando te encuentras con personas sin ningún motivo para levantarse cada día, nos encontramos con todo tipo de problemas psicológicos y de sufrimiento emocional. 

Estrés crónico

Otra variable que parece ser diferente o especial en las personas que viven en estas zonas azules es que son capaces de evitar el estrés crónico. El estrés es una reacción normal y necesaria ante ciertos peligros y de alguna forma podemos entender que es una reacción necesaria y positiva, que nos puede ayudar incluso a salvar nuestra vida. Lo que no es tan positivo es cuando el estrés se mantiene más allá del peligro real, lo que se suele llamar estrés crónico, que se mantiene en el tiempo a pesar que ya no existan motivos ni siquiera adaptativos, ni siquiera que tengan que ver con la supervivencia. Y son muchos los estudios que miden el impacto que tiene el estrés sobre todo cuando se mantiene en el tiempo en el cuerpo humano. Hay cambios químicos muy potentes, especialmente en los niveles hormonales y en la salud gastrointestinal, que generan toda una serie de enfermedades y patologías bastante preocupantes.

Si el estrés es una respuesta útil y extrema que nos ayuda a huir o luchar en una situación de supervivencia (o que percibimos así), imaginaros lo que es mantener esta reacción fisiológica en el cuerpo más allá de o razonable… pues tiene un coste muy alto en lo físico y lo psicológico. Y que el estrés se cronifique tiene que ver con una situación concreta que se mantenga o con un estilo general de vida. Las situaciones que nos generan estrés en muchas ocasiones ya no tienen nada que ver con una situación real de peligro, sino que suele tener más que ver con alguna situación social, laboral, o personal, de manera que mantenemos ese nivel de alarma durante mucho tiempo a pesar de no ser la típica situación en la que tenemos que huir o luchar ante un peligro físico, algo para lo que el cuerpo está preparado pero por un corto período de tiempo.

Así que la respuesta de estrés y más cuando se cronifica, no sólo no es eficaz para resolver el tipo de problemas a los que nos enfrentamos hoy en día, sino que además genera toda una serie de daños en la vida de las personas. Ocurre que en las zonas azules, las personas suelen ser capaces de lidiar con ese estrés crónico, o sencillamente activan y desactivan la reacción de estrés en la medida que el peligro real esté presente o no.

Conexiones sociales

En estas regiones del mundo además, las personas reconocen sentirse muy satisfechas con sus relaciones personales, mantienen vínculos fuertes, y sienten que cuentan con apoyos en los que pueden confiar, ya sean amistades, familia o la pareja. Muchos estudios relacionan una vida social rica y satisfactoria con mejoras a nivel neuropsicológico, sobre todo memoria y destrezas cognitivas. Parece además que amortigua el deterioro cognitivo normal que sobreviene al envejecer. Así que parece que hay una relación clara entre salud mental y relaciones sociales positivas. Mucha gente es consciente de lo que supone (sobre todo en países occidentales) la jubilación en cuanto a cambio o ruptura, incluso de las relaciones sociales y personales que para muchos tienen que ver con el trabajo, de forma que no es difícil entender por qué hay un aumento de problemas mentales como las demencias, cuando ocurre la retirada del trabajo. En estas regiones suele haber otra peculiaridad, y es que viven de una forma algo más rural, de manera que no suelen tener trabajos de los que jubilarse, y es raro ver esta ruptura llegados los 65 o 70 años. Mantienen sus mismas actividades físicas y ocupaciones diarias que les hacen mantener también sus mismas relaciones personales y sociales. Esta variable más social se solapa en gran parte con otra más física, que tiene que ver con mantener un cierto nivel de actividad, con no dejar de hacer cosas, de moverse, de participar, etc. porque en definitiva seguir conectado con tus relaciones implica en muchos casos también mantener ciertas actividades que sabemos que amortiguan del paso del tiempo. 

Espiritualidad

Este factor suele ser bastante difícil de estudiar y medir. Sin embargo hay muchos autores que lo identifican como otra variable que nos ayuda a ser más longevos. Tener ciertas creencias espirituales, fe en alguna religión, o llevar a cabo prácticas espirituales, ayuda a prepararse para enfrentarse a momentos duros de la vida, como dificultades en las relaciones personales, o procesos de duelo. Se ha encontrado como factor común en estas zonas que las personas suelen formar parte de alguna comunidad religiosa y llevan a cabo prácticas espirituales tales como la meditación o otro tipo de rituales. Parece que el mero hecho de participar en actividades religiosas, y todo lo que implica, de alguna forma ayuda a mejorar la calidad de vida y la longevidad. 

En la práctica todo esto se traduce en dedicar algún tiempo diario o semanal a cultivar el mundo interior y la espiritualidad. En Loma Linda (California) por ejemplo se olvidan durante un día entero cada semana de todos sus problemas y practican el sabbat entre los judios, que es el día semanal de fiesta dedicado al culto divino y al descanso. Se reúnen para pasear por la naturaleza y hablar amigablemente de su religión y sus creencias. Es obvio que también ya de paso se refuerzan sus costumbres y todos los lazos que los unen. La religiosidad es una especie de terapia de grupo, que por si sola no hace que las personas sean más longevas, pero en combinación con otros factores sí que se convierte en otro elemento clave.

En resumen, la visión de lo que ayuda a que las personas que viven en estas zonas azules sean tan longevas, por si podéis aplicar algunas de estos elementos sería: Tener una actividad física intensa y regular en el día a día, en las tareas cotidianas (el sedentarismo es un concepto desconocido en estas regiones); tener un ikigai o plan de vida, para tener un motivo que nos haga levantarnos cada mañana, y que nos resulte como una guía; reducir el estrés para frenar el envejecimiento y la probabilidad de padecer enfermedades, bajar el ritmo diario y detectar si hay alguna fuente de ansiedad o estrés crónico que nos esté generando todo tipo de problemas; en cuanto a la alimentación bajar la ingesta calórica, o sea, comer menos en general, se habla de parar de comer un poco antes de que llegue la sensación de saciedad; priorizar en la dieta las frutas, verduras y legumbres, y parece que carne, pescados y lácteos se suelen consumir en menor cantidad en estas regiones, además de un consumo moderado o inexistente de bebidas alcohólicas; en lo social todo lo que implique participar en la comunidad y sentirte perteneciente a un grupo, en el que además se promuevan hábitos saludables; y por último el cultivo y práctica en actividades religiosas junto con la conexión social y el cuidado de los vínculos personales. 

Aunque queda mucho por investigar acerca de lo que es diferente en las zonas azules que les hace ser tan longevos, parece curioso ver que parte del estilo de vida tiene que ver con volver a hábitos que parecen estar bastante olvidados en gran parte de occidente. El mensaje más moderado por mi parte no es que os vayáis al monte a intentar replicar este estilo de vida, pero en lo posible parece interesante que intentemos llevar una vida un poco más parecida a lo que ya saben hacer desde hace tiempo muchas personas que viven en las zonas azules. 

- NOTAS - 

Charla TEDx de Dan Buettner acerca de “cómo vivir para llegar a los 100 años”. En la web de Blue Zones tenéis decenas de artículos para los que queráis saber más sobre cómo llevar una vida saludable y longeva.

Para profundizar más en temas relacionados con alimentación y ejercicio físico os recomiendo que leáis a Marcos Vázquez o escuchéis su fantástico y riguroso podcast.

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Enseñanza basada en la evidencia

La Enseñanza o educación basada en la evidencia busca fundamentar las decisiones y los métodos que utilizan los profesores de una manera científica a partir de los datos que los docentes con experiencia van aportando, y principalmente se utilizan metaanálisis para ir llegando a un consenso de cuales son las prácticas pedagógicas realmente efectivas.

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