alberto moreno gámez

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Iatrogenia

En estas últimas semanas nuestras vidas han cambiado mucho. Por una parte, el miedo colectivo al contagio propio, o de personas cercanas que tengan más riesgos, especialmente personas mayores o con patologías médicas. Es una especie de paranoia generalizada que se alimenta al ver las noticias o al salir a comprar: algo que se ha convertido en una experiencia extraña, personas que mantienen la distancia y casi no se hablan, además de mascarillas, guantes e incluso gafas protectoras, que escenifican una especie de apocalipsis para muchos. Ha surgido también una sensación de fragilidad y vulnerabilidad que gran parte de la sociedad tenía adormecida. Sentimos que nuestros trabajos peligran, nuestro estatus económico, y gran cantidad de comodidades que dábamos por hecho como una conquista que no íbamos a perder. En unos pocos días, algunos ven cómo se desploma esa seguridad que depositábamos en un estilo de vida que nos garantizaba cosas que ahora no tenemos seguras. En el mejor de los casos, vivimos un cierto nivel de incertidumbre sobre nuestro futuro más inmediato. A todo esto sumamos el confinamiento en nuestras casas. Todo un cambio en nuestras rutinas, privados de algo que ahora apreciamos tanto, precisamente porque nos falta. 

No hay que ser psicólogo para imaginar que cualquiera de estos elementos puede aumentar nuestro nivel de estrés y ansiedad, además de generar pensamientos obsesivos y negativos de todo tipo. Y posiblemente también esta situación de alarma mundial ya está provocando cambios en nuestra mentalidad, cambios positivos, quizás ver algunos temas con una nueva óptica, de mayor conciencia y realismo. Algunos incluso están disfrutando de esta sobredosis de convivencia familiar, otros de su soledad y aislamiento.

Y ante tanto desconcierto e incertidumbre, surge la necesidad de informar y orientar a la población. Algo que hacen los gobiernos, los medios de comunicación convencionales y también los contemporáneos, youtubers, instagramers, tuiteros, influencers en general y también podcasters. 

En mi caso, además de podcaster, como psicoterapeuta, y si sigo la corriente imperante, me tocaría elaborar mi correspondiente decálogo de estrategias psicológicas para enfrentar la crisis del coronavirus. No lo voy a hacer, no sólo porque ya hay cientos circulando por internet, sino porque seguramente haría poco bien a aquellos que lo leyeran. Voy a hablaros de la iatrogenia en psicología, que se refiere al perjuicio o daño que podemos ocasionar los profesionales de la salud cuando realizamos una intervención. Sí, no hay tratamiento psicológico libre de riesgos, con un 100% de efectividad, y aunque no se habla mucho de ello, obviamente hay un número de casos en los que hacemos más daño que bien. 

La cuestión es que en la situación actual de crisis, un exceso desmedido de intervención por parte de los psicólogos (aunque bien intencionada), puede generar problemas que muchos no están calculando. El apoyo psicológico puede tener por supuesto el efecto de aliviar al otro, aunque especialmente en una situación de crisis como la actual podemos ,si no tenemos cuidado, patologizar una respuesta adaptativa normal y saludable. ¿Cómo puede ser eso? Siendo paternalistas e infantilizando a la población, generando dependencias innecesarias en el “experto”, que corre a decirnos cómo actuar, cómo pensar o cómo sentir. A veces incluso podemos cometer el error de poner tanto el foco en el individuo que lo acabamos culpabilizando de todos sus males, centrándonos en que adopten otra actitud y filosofía ante las circunstancias, en que tengan mayor estabilidad emocional, etc. Y acabamos así convirtiendo una injusticia social en un problema personal. En un momento en el que todos estamos desarrollando estrategias de adaptación y afrontamiento, tal vez no necesitamos que una trupe de psicólogos vengan con un montón de recomendaciones sobre lo que creen que hay que hacer. Y también tengo que decirlo: Nadie sabe nada a ciencia cierta acerca de los cambios a los que podemos enfrentarnos en los próximos meses y años. Podemos imaginar y predecir con mayor o menor tino, pero esta sociedad conectada todo el día a internet y redes sociales nunca antes se había enfrentado a algo como esta situación. Así que es nuevo, para todos.

Cuando los psicólogos intentan modular la respuesta adaptativa de cada persona en su situación, que siempre es única y diferente, podemos pecar de ser sobreprotectores no dejando ese espacio y tiempo para que cada uno encuentre su propia manera de encarar las dificultades. De esto va la iatrogenia en gran medida. Y para muchos es desconocida además la prevención cuaternaria, que se encarga precisamente de evitar o minimizar las consecuencias de una intervención excesiva o innecesaria del sistema de salud.

En contra de lo que parecen plantear muchos psicólogos que salen en los medios cada día, una situación de crisis no implica necesariamente desarrollar un problema psicológico. Y sin embargo, en las últimas décadas parece que hemos construido una sociedad con personas frágiles y vulnerables, que tienen que ser rescatadas, ayudadas y orientadas constantemente por la ciencia y la tecnología, como forma de salir adelante cuando hay dificultades. Vamos que estamos convirtiendo a la gente en gilipollas, con perdón. Hemos dejado de creer en la propia capacidad de las personas para salir adelante con la ayuda de sus estrategias y aprendizajes del pasado, junto con sus relaciones familiares, sociales y laborales.

En general, tengo que decir que en las últimas semanas veo cómo de manera espontánea las personas han generado nuevas conexiones sociales, personales y familiares, que me parece que son bastante útiles en su día a día, y posiblemente mucho más eficaces que las intervenciones de los profesionales de la salud mental. Todo este recorrido de psicopatologización de la vida cotidiana, de psicologizar todo lo que nos ocurre, venimos sufriéndolo desde hace mucho tiempo. Cada poco nos venden un nuevo diagnóstico que tenemos que tener en cuenta, vigorexia si nos obsesionamos con el gimnasio, el síndrome postvacacional en septiembre, y así ad infinitum. Y yo cada vez que veo a un psicólogo entrevistado en la tele vendiéndonos esa moto… me avergüenzo en silencio y cambio de canal.

Entendedme bien, los tratamientos psicológicos hace años que demostraron su eficacia. La psicoterapia funciona más allá del efecto placebo o cualquier charlatán que se presente como coach después de hacer un curso de 100 horas. El mercado sanitario actual nos lleva a un intervencionismo diagnóstico y terapéutico, que puede ocasionar más mal que bien. La intervención de un experto al que no le piden ayuda puede acabar siendo una especie de certificación de la incompetencia de las personas para salir adelante por sí mismas. Volviendo a los famosos decálogos sobre cómo tenemos que enfrentar la situación de confinamiento, me temo que muchos puedan pensar que los profesionales se están apropiando del sentido común, dando por hecho que los ciudadanos no tienen criterio y se lo tenemos que explicar nosotros.

Y por supuesto que habrá personas que activamente busquen la ayuda de un profesional, que de verdad se encuentren desbordadas y bloqueadas, momento en el que creo que los psicólogos debemos estar preparados y receptivos para hacer lo que sabemos hacer. Intuyo que tras la pandemia igualmente vamos a tener trabajo, especialmente porque durante el confinamiento se está desatendiendo a personas que tienen problemas mentales que ya requerían ayuda antes de que comenzara. Además del posible efecto negativo de mantener durante semanas dinámicas familiares o de pareja conflictivas. También están los que viven en estos días un aislamiento mayor del habitual. Tampoco necesitamos expertos que nos confirmen que aumentará el sufrimiento y las dificultades de todas aquellas personas que han perdido su trabajo o reducidos sus ingresos de golpe. Y ya empezamos también a ser conscientes de cómo algunas familias están perdiendo a seres queridos sin haberse podido ni siquiera despedir de ellos por las condiciones de aislamiento. Los profesionales que nos están salvando de esta situación exponiéndose a un gran riesgo de contagio también podrán necesitar en un futuro ayuda psicológica… o no. Ahora lo que piden son más medios y recursos para hacer bien su trabajo, y va a depender más de eso creo yo para sigan adelante con sus vidas cuando superemos la crisis. 

Esta es mi experiencia en las últimas semanas haciendo psicoterapia por videollamada: Al margen de los casos que veía de forma presencial antes de la crisis con los que he seguido trabajando, me han hecho peticiones de ayuda más relacionadas con el afrontamiento de la crisis por el COVID-19. En general, se trataba de momentos de duelo muy difíciles, o de una elevada incertidumbre y ansiedad agravada por la situación de confinamiento o soledad. 

No soy seguramente el único que piensa que esta situación de alarma mundial nos va a cambiar tal vez más de lo que creemos, en muchos de los rituales y prácticas que manteníamos en nuestras vidas hasta hace escasamente un mes. Desde la forma de saludarnos y despedirnos hasta nuevos rituales en los entierros. Creo que además podemos sacar algún que otro beneficio, por ejemplo veo algunos cambios en redes sociales como Facebook, propietaria también de Instagram y Whatsapp, que por fin parece tomarse en serio el problema de las noticias falsas a las que se les ha dado tanta vía libre durante años. 

La iatrogenia, el tema de hoy, es en definitiva un factor que tendríamos que tener más en cuenta los profesionales. Tenemos que hacer mucho todavía por ser algo más críticos con estas prácticas que damos por hecho y empezar a cambiar esto en lo que se ha convertido la psicología como profesión: Dar consejos y educar a la población permanentemente. Una pretensión en la que pecamos de arrogantes, con el peligro que he intentado plantear en este artículo, que las personas no se hagan cargo de sus vidas, de intentar enfrentar y adaptarse a las diferentes circunstancias y dificultades, por las continuas orientaciones y consejos que le llegan de tantos sitios, de manera que al final pueda calar ese mensaje de que las personas necesitan expertos que opinen continuamente sobre lo que tienen que hacer y lo que no.